Atiborramos nuestra agenda de actividades y llenamos el móvil de fotos. Pero esto solo prueba que cuando buscamos plenitud, caemos en el error de confundir cantidad y calidad

“Lleno, por favor”. Cuando me detenía a repostar en una gasolinera, solía regresar a la carretera con el depósito a rebosar. No se trataba solo de posponer al máximo el siguiente repostaje; con ello, también buscaba sentir un halo de plenitud. Hoy ya no dispongo de coche, pero puedo reconocer aquella sensación en otras situaciones. Pienso, por ejemplo, en las celebraciones navideñas, cuando

ir-nuestra-identidad.html" data-link-track-dtm="">la abundancia se torna sinónimo de generosidad y, al tiempo que las mesas se llenan de suculentos platos, en los salones de las casas se amontonan los regalos. Ambas situaciones calman y colman los apetitos, de ahí que ambas situaciones despierten una sensación de plenitud.

La sensación de plenitud nos produce satisfacción y bienestar, por eso orienta lo que hacemos y está detrás de mucho de lo que imaginamos. Es, por decirlo en jerga filosófica, un existenciario. Sin embargo, en los últimos tiempos el dichoso anhelo de plenitud se nos está yendo de las manos. Lo sentimos como una imposición que no nos deja vivir en paz, y no porque desear una vida plena no sea una aspiración común, que lo es, sino porque el querer se ha convertido en deber. La plenitud ha dejado de ser el horizonte de una vida deseable para convertirse en aquello mínimamente exigible. Hemos pasado de proyectarla desde el enigma del don, extraordinario por definición, a formularla desde la lógica de la consecución. “La plenitud está ahí, es tuya. ¿Qué haces que no vas a buscarla?”.