Vivimos más conectados que nunca, pero cada vez más lejos de lo que importa

Levantamos el móvil para mirar un mensaje y, cuando queremos darnos cuenta, han pasado 20 minutos. O una hora. Hemos recorrido sin rumbo un torrente de vídeos y noticias que ya ni recordamos. Nos prometemos que mañana será distinto, pero volvemos a caer. No es falta de voluntad, es diseño. Las redes sociales están hechas para mantener cautiva nuestra atención, sin principio ni final, sin paradas naturales, como el final de un capítulo de un libro o de una película. Este ejercicio de deslizar la pantalla del móvil —scroll, en su térm...

ino en inglés— nos distrae o entretiene, pero a la vez nos empuja a un sinfín de estímulos que nos agota y, lo que es peor, daña nuestra atención.

La pedagoga y divulgadora de neurociencia Marta Romo alerta de ello en su inspirador libro Hiperdesconexión (Roca Editorial, 2025): “El scroll funciona como una máquina tragaperras. No sabemos cuándo aparecerá ese vídeo que nos haga reír o esa noticia que nos impacte, pero la expectativa nos mantiene pegados a la pantalla”, asegura. Las máquinas tragaperras funcionan bajo un programa de refuerzo que aparece de manera imprevisible. La emoción de conseguir el premio o de ver ese vídeo desternillante nos genera tales refuerzos de dopamina que sobreexcitan a nuestro cerebro y le impiden descansar. Debido a dicho hábito, cada vez más personas confiesan sentirse agotadas, sin haber hecho nada especialmente cansado. Se fatiga la mente con cientos de microimpactos diarios. “Corremos el riesgo de vivir fatiga cognitiva permanente: esa sensación de que nada se termina y todo reclama nuestra atención a la vez”, añade Romo.