Cada vez más personas, incluidas celebridades como Ed Sheeran o Úrsula Corberó, piensan en hacer un ‘detox’ tecnológico. Pero esa necesidad es también un privilegio, y requiere voluntad, condiciones materiales y un entorno favorable
Vayamos a casos reales: la amiga que, tras borrarse todas las aplicaciones, hace un scroll en las imágenes de su propia galería a falta de una dosis de exposición ajena; el opositor que cambia su smartphone por un cacharro analógico y se sorprende trasteando con el teclado por la sección de ajustes; o el colega que se autoimpone ir al cine o al teatro para aguan...
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tar dos horas sin despistes. Y hay muchos más. La vampirización a la que estamos sometidos por nuestros dispositivos conduce a la búsqueda de espacios seguros. A renuncias fútiles en modo avión, a tentaciones desterradas al enchufe más lejano.
Pero de poco sirven estas insurrecciones silenciosas. El poder del móvil es tan fuerte que nos rendimos ante sus atributos: consultar los pasos andados, echar un ojo a la cuenta corriente, husmear en redes sociales, picar en alguna noticia que nos sugiere el navegador… Como promedio, lo sacamos del bolsillo unas 150 veces al día, aunque creamos que lo hacemos menos de la mitad. La mayoría de estos actos son automáticos, inconscientes. Lo desbloqueamos como quien abre mecánicamente una puerta, guiados por un impulso difícil de reprimir. Este apéndice de nuestro cuerpo se ha adueñado de nuestra existencia. Por eso, hay quien anhela, la mayoría de veces con escasos resultados, un descanso de la tecnología.






