Despreciar el móvil son los nuevos pies. Explico esta frase que parece generada por una IA ebria. En los albores de las redes sociales, anunciaban el verano las fotos de pinreles al sol —si se preguntan por qué hay tantos negocios de hacerse las uñas, la respuesta está ahí—, los “aquí sufriendo” y un batiburrillo de imágenes intrascendentes que documentaban las vacaciones desde el check-in. Ahora casi nadie escribe nada personal en las redes sociales —hace unos días leí un artículo interesantísimo de Enrique Rey sobre ello—, languidecen carcomidas por anuncios personalizados vía algoritmo y bronca política patrocinada por ejércitos de bots.
Este ocaso alegrará a los que siempre han demonizado la vida digital, un fenómeno que cobra especial virulencia en verano, no me pregunten por qué, bastante es tener una teoría sobre la proliferación de los salones de uñas. Hace unos días me crucé —en el móvil— con una foto en la que alguien miraba al frente en el autobús mientras el resto atendía a sus móviles. “Ya no sabemos disfrutar de la vida” o algo similar rezaba un comentario aplaudidísimo. Otros sentenciaban que esa actitud deshumaniza. Parece que no extasiarte ante el cogote de un desconocido durante un trayecto que repites a diario te convierte en alguien que no sabe disfrutar las cosas importantes.






