Los expertos apuntan a que el hastío cumple una función y el abuso del teléfono podría estar anulando la chispa que florece en los tiempos muertos

Denostado como síntoma de vidas vulgares o personas improductivas, el aburrimiento tiene sus defensores. Por ejemplo, Byul-Chung Han, reciente premio Princesa de Asturias de Humanidades, para quien esa sensación sería la “cima de la relajación mental”. O Bertrand Russell, que en su obra cumbre La conquista de la felicidad, publicada en 1930, lanzó un alegato contra la fiebre del entretenimiento perpetuo con una advertencia final: “Una generación...

que no puede soportar el aburrimiento será una generación de gente pequeña”. Con casi un siglo de diferencia, ambos filósofos ven en el tedio un excelente abono para la imaginación fructífera. Una pausa —quizá molesta pero necesaria— que nos permite pensar más allá de inercias y prisas.

Sin elevarlo a los altares de la chispa creativa, cuatro investigadores que se ocupan del aburrimiento coinciden en que cumple una función básica: animar al cambio. Demostrar que el hastío tiene un sentido evolutivo, admiten, se antoja difícil de demostrar. Pero hay fuertes indicios. “Podemos ver qué produce y especular si en el pasado remoto habría una buena razón para que exista en el sentido de hacernos más aptos”, apunta Andreas Elpidorou, que en su obra The Anatomy of Boredom (sin traducción al castellano) detalla los muchos experimentos que apuntan a esa lógica evolutiva, para él muy razonable.