El 5,7% de los niños y adolescentes en España presenta un uso problemático de las pantallas, según Unicef
Andrés W. (32 años) tiene en su casa una especie de museo de viejos teléfonos móviles. La mayoría son poco convencionales. Modelos y marcas que dejan rastro de sus múltiples intentos por frenar la dependencia del propio aparato y de determinadas aplicaciones. “Es como una adicción. Fui probando límites de tiempo, dejando el móvil fuera de la habitación, pero todo se me hacía muy difícil”, cuenta. Desde 2019 se reconoce inmerso en un largo proceso de desintoxicación digital, con idas y venidas, que incluyó usar un teléfono de apenas siete centímetros con el que solo podía hacer llamadas. Su caso ejemplifica un problema que no deja de crecer entre los jóvenes.
Cualquier momento cotidiano que obligue a esperar —la llegada de un metro o un plato en un restaurante— se ocupa habitualmente con la mirada fija en el móvil, que ofrece estímulos inmediatos e infinitos. Andrés —que prefiere no revelar su apellido— empezó a tomar conciencia de que para él era un problema en 2019, cuando reparó en la cantidad de tiempo que pasaba frente al móvil y en cómo lo asociaba casi siempre a actividades de ocio. “Mi problema era sobre todo el Instagram, pero cuando lo dejaba, me atrapaban los vídeos cortos de YouTube”, lamenta. Activó los mecanismos de control de uso. Sin éxito. “Era muy fácil quitárselos”, admite.






