Quien más, quien menos, la mayoría de las personas ha tenido la necesidad de decir basta al interminable chorro de mensajes en su móvil. Pero escapar de la dictadura de la interconexión no solo va de silenciar una conversación, sino de saber decir adiós o, al menos, de poner límites
Es muy difícil encontrar hoy en día a una persona que esté libre de pantallas. Dentro de la jaula interconectada que nos hemos construido, buscamos una llave que nos libere de la dictadura de la notificación. Pero el reto de la interconexión constante y transversal (atraviesa nuestras vidas en lo personal y en lo profesional, en lo privado y en lo público) no es solo escapar de ella: también controlar cómo nos afecta. Para huir, cada cual tiene sus trucos y fórmulas maestras, desde el que archiva y silencia al que se autolimita (hay funcionalidades para esto) el tiempo de exposición. Pero para enfrentar esta comunicación no elegida sin acabar como un paria social, solo hay una estrategia: perder el miedo.
“Vivimos en una era digital en la que nuestras interacciones son digitales, irse de un grupo de WhatsApp es igual que abandonar un grupo presencial, se ponen en juego los mismos mecanismos psicológicos relacionados con la pertenencia, la comunicación y la identidad”, explica en conversación telefónica con EL PAÍS la doctora Ana Barrón López de Roda, del Departamento de Psicología Social de la facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid.






