Para afrontar un mundo que cada mañana parece al borde del colapso bastan muy pocas cosas y muy sencillas

Al final, en verdad, serán muy pocas cosas, y lo peor es que lo sabemos. Lo sabemos y hacemos como que no. Andamos con prisa a todas partes y se nos acaba pronto la paciencia. La vida es complicada y le añadimos una habilidad innata para complicarla más aún, y acelerarla. Puede que sea por ambición o por envidia. Por un afán sano de mejora. Por exigencia y por imponerse al conformismo y a la resignación. Al cabo, siempre es peor quedarse quieto. Quizá es para que no se diga y por no defraudar. Muchas veces es eso:

data-link-track-dtm="">el miedo a defraudar a los demás. Pero irá pasando el tiempo y las cosas serán contadas. Al menos, las que más importen.

Cuando murió Julio Cortázar, su amiga Cristina Peri Rossi le dedicó un libro de despedida para que quedasen por escrito sus paseos, sus charlas, las cintas que le grabó y la forma en que se conocieron. Podría haber contado sus vidas en los miles de páginas que ambos han dejado y, sin embargo, ella lo resumió todo en un libro corto e inabarcable, porque en ese libro le iba a caber lo que vale una amistad.

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