De todas las posesiones a las que podemos calificar como nuestras, porque disfrutamos de ellas, el tiempo es la que menos nos pertenece
Nadie tiene un minuto para no hacer nada. Nunca escaseó tanto el tiempo, de hecho. Y más que va a mermar en esta historia sin respiro que parecen ser nuestras vidas. Cada época genera sus propias ficciones, y hoy estamos en la de la escasez del tiempo. Hace ya un par de años tuvimos noticia del frenazo del núcleo interno de la Tierra, de lo que podría derivarse en el futuro la reducción de los días en alguna fracción de segundo. Lo que nos faltaba. Cómo no t...
emer que sin esa fracción preciosa habrá tareas, recados, experiencias, citas a las que no llegaremos. Los días serán de pronto cortísimos, unas décimas de segundo por debajo de las veinticuatro horas que ya se nos antojan muy pocas, francamente.
Cómo vamos a disponer de margen para no hacer nada. Si por un casual gozas de un minuto para no hacer nada, lo sacrificas y haces algo. Pobre Oblómov hoy. Hace tiempo que rebajamos a irrelevantes, casi frívolos, esos momentos que podemos dedicar a lo que nos apetezca (incluyendo la holganza). Cabe pensar que las manos, los pies, la cabeza están para hacer. El cuerpo es en sí mismo un tributo a la acción. Inventamos los bolsillos, las sillas, las camas, los recreos, para interrumpir la actividad apenas momentáneamente, con vistas a retomarla al poco con más brío. La vida se entrega a todas horas a dos de célebres verbos del capitalismo: producir y consumir.






