El mejor tiempo que pasamos con amigas son esos ratos triviales e inútiles donde no termina de pasar nada, el tiempo de la infancia
La noche antes de Sant Jordi entré en una habitación de hotel a las tres de la mañana. Había llegado a Barcelona con ganas de jarana literaria e ilusión por las firmas del día siguiente, pero en vez de irme a dormir, me metí en una habitación que no era la mía y no dormí en toda la noche. Las ventanas no podían abrirse (por la inteligencia asfixiante de algunos edificios) así que fumar, como nos hubiese gustado, no era una opción. Ni una tr...
iste botella en el minibar (¿acaso el hotel se había aliado con la editorial para mantener sobria a la pandilla literaria que alojaba?). El servicio de habitaciones nos subió la última ronda y luego el tiempo se disolvió hasta el día siguiente. ¿Qué pasó? ¿Dónde pasamos la noche? La puerta de aquella habitación abrió el paso hacia el complejo tiempo de las amigas. Y solo después de cruzarla comprendí cuánto llevaba sin abrirla.
¿No has dormido? Me interroga un wasap desde Madrid por la mañana. Nada, tecleo. ¿Has follado? Mejor, contesto. Una sola palabra no basta para describir lo ocurrido, pero si solo pudiera ser una, acabo de teclear que es “Mejor”. Tal vez haya dado a entender a mi interlocutor que he follado mejor de lo habitual esta noche. Pero necesito un café antes de precisar el mensaje. En el desayuno, un conocido escritor me saluda fresco como una lechuga. Me da envidia. ¿A quién se le ocurre llegar de empalmada al desayuno? Lo curioso es que no estoy cansada. Al contrario, estoy mejor. La habitación de las amigas me ha trasladado a un tiempo sin final ni principio, a ese tiempo sin reloj ni importancia que habitamos algunas veces con los amigos. No me refiero a ponernos al día, ni siquiera a arañar una intimidad compartida o a sentirnos reconocidas. Hablo de ese tiempo trivial e inútil donde no termina de pasar nada, hablo del tiempo de la infancia.






