Hay en la noche la sensación de que la vida es una novela que en cualquier momento puede sufrir un ‘plot twist’. Dicen que la juventud de hoy prefiere leer esa novela más despacio

Llegado al páramo de la mitad de la vida, siento nostalgia de la juerga loca. Salir de noche, salir a tope, es, probablemente, la actividad a la que más esfuerzo y dedicación he aplicado, y en la que, sin duda, he logrado mayores cotas de excelencia. Salía con la precisión estética del orfebre, con el tesón del deportista de élite, con la inconsciencia del suicida: siempre presto para el mejor baile, para el plan más loco, para la conversación más profunda, gritada al oído, en las profundidades del club. Era salir como quien practica una de las Bellas Artes, o una de las Mixed Martial Arts (MMA). Y así acababa, extasiado y dolorido, entre el síndrome de Stendhal y K.O.

Lo recuerdo en estas fechas navideñas en cuyo culmen juvenil yo no solo salía en Nochevieja, como está normalizado, sino que me iba al techno incluso en la sagrada Nochebuena, una práctica anatema en muchos hogares. Una vez salí la víspera (al madrileño Zombie Club) y luego, resaca mediante, perdí el autobús a Oviedo y cené en mi piso compartido latas de cerveza y lasaña congelada (después de pasarla por el horno), acompañado únicamente por el Javi, que se llevaba mal con su familia. Qué disgusto se llevó mi madre.