A menudo nos faltan palabras para nombrar lo que vivimos; entonces, nos valemos de metáforas y analogías, de mundos fantásticos, inventamos personajes
A la urgencia y a la parálisis las separa una línea muy fina. Basta verse en el ojo de un huracán informativo para sentir cómo uno va perdiendo gradualmente la capacidad de reaccionar ante los desastres que pueblan el grotesco espectáculo del mundo. Los conflictos pariendo más conflictos, los líderes autoritarios cebando con más y más odio sus delirios,
data-link-track-dtm=""> las bombas, las ruinas, el abismo insalvable entre el dolor y la reparación. Todo va demasiado rápido, y nosotros, como bajo el efecto de luces estroboscópicas, nos movemos demasiado lento.
Resulta poco natural asimilar la medida de las pérdidas con tanta aceleración. La imaginación necesita ir más despacio, detenerse a mirar uno a uno los horrores, aislarlos del zumbido como abejas en un enjambre. Tomo esta imagen de la película El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), cuando la niña Ana observa una malla llena de abejas. En sus ojos vemos enlazarse y desenlazarse el pensamiento, absorta en lo que ve pero también en lo que imagina. Volví a verla hace poco y lo que hace 20 años me había parecido una película sobre las aventuras silenciosas de una niña y unos monstruos relativamente benévolos, a pesar de saber, porque me lo contaron, que era un retrato de las heridas de la posguerra, ahora, con 30, me parece eso y más: no es solo una metáfora del trauma, es una propuesta ética para abordarlo. El imaginario infantil como lenguaje de lo indecible.






