La conmoción por la tragedia de Ademuz es inmensa, pero la memoria es fugaz
A algunas de las cosas que pasan no se les pueden poner palabras, porque se quedan cortas o porque no alcanzan. Por eso suele sobrevenir el silencio ante un horror así: porque no se puede decir nada ni parece que pueda hacerse nada más que estremecerse. Por mucho que se describa, será imposible imaginar lo que debieron de ser aquel descarrilamiento, aquellos 20 segundos y aquellas horas siguientes que quienes sobrevivieron no olvidarán nunca. De ahí que ese sea el primer deber de los demás: el de no olvidar nosotros tampoco, para que el tiempo no extinga esta solidaridad de ahora. La conmoción es inmensa, pero la memoria es fugaz.
En la tarde del domingo, cuando el pueblo de Adamuz ya se recogía, los vecinos vencieron al silencio y al miedo para ofrecer la primera ayuda a las víctimas del accidente. Sucedió también entre los pasajeros que pudieron asistir a los heridos con los que habían compartido tren o incluso vagón, los que fueron conscientes allí mismo de cómo cambia la vida en un instante. En medio de una tragedia indecible, volvió a emerger el valor de esa pequeña red que nos sostiene y nos confraterniza en un mundo que lo ha puesto todo cada vez más arisco y difícil: nuestra capacidad para tendernos la mano ante las peores horas de espanto.







