EL PAÍS muestra cómo han cambiado Letur y los pueblos de Valencia donde se tomaron algunas de las imágenes más icónicas de la tragedia

A veces la memoria es, necesariamente, selectiva. Uno no recuerda dónde dejó aparcado el coche, pero sí el dibujo exacto de la herida que le hizo la primera vez al rozar con esa maldita columna del garaje. Dicen los expertos que, después de una situación traumática, el cerebro puede borrar los recuerdos dolorosos, como un mecanismo de protección. Pero eso no explica, sin embargo, por qué cuando uno se va a dormir escucha todavía los cláxones afónicos de los coches debajo del agua, cómo se mantiene entonces en la pituitaria el olor a podrido, que tiemble cuando escucha llover. Hay sonidos, olores e imágenes que sencillamente no se van, igual que ese lodo que tardó en secarse, convertido en polvo sepia finísimo, que cubre como un manto cada acera de los pueblos inundados por la dana que arrasó L’Horta Sud de Valencia hace un año.

Hay imágenes que muchos preferirían olvidar, pero no se puede. Son fotos que huelen, que ensucian. Que sirvieron para que la gente del otro lado del río, y más allá, se hiciera al menos una idea de la debacle. Los obturadores llegaron los primeros días donde no llegaban las palabras. No es fácil explicar cómo a un puñado de kilómetros de una terraza donde unos jóvenes empinaban quintos de cerveza al sol, un monstruo parecía haber devorado la tierra.