Las fotografías de quienes perdieron la vida durante la dana permiten acercarse al desgarro que produce su ausencia

El domingo se publicaron en este periódico las fotografías de algunas de las personas que fallecieron en Valencia hace un año tras el devastador paso de la dana. Las imágenes, pequeñas, aparecían colocadas una detrás de otra en tiras sucesivas, de arriba abajo. ...

Se publicaron en blanco y negro, tenían dimensiones muy parecidas a las que se incluyen en los documentos de identidad. Cada una era muy distinta a la siguiente, alguna incluso parecía de otra época. Casi todos miraban de frente, muchos sonreían, a otros los habían pillado en otra cosa, concentrados o sorprendidos, atentos a alguna circunstancia externa. En esos rostros se resume la tragedia entera, están ahí presentes cuando en realidad ya no están. Se los llevó la corriente, se los tragó, los arrancó de la vida para empujarlos a otra parte. El dolor, la rabia, la tristeza: esas fotos, minúsculas y mudas, están cargadas de muchas de las emociones que sigue produciendo aquella brutal e inclemente riada.

Ya no están. Hay un hombre serio que te observa con los ojos semicerrados y las mandíbulas apretadas. Hay quien muestra una sonrisa dulce y la mirada perdida. Una señora mayor parece pillada en mitad de una conversación, aquel tiene los aires de un padre al que está fotografiando su hijo pequeño, a este le está dando el sol de frente. Hay gestos en algunas de esas personas que revelan cómo eran: abiertas, reservadas, tímidas, expansivas, desconfiadas, temerosas, obstinadas, despistadas, alegres, serias, demasiado serias, simpáticas, coquetas. Tienen gafas, mucho pelo y poco pelo, los ojos pintados y los ojos sin pintar, hay quien lleva bigote y quien se puso collares, esta chica parece espabilada, ese muchacho luce buenos modales en su actitud, esta madre es una madre encantadora y feliz.