24 de junio, 2026 - 07h00No quiero envejecer, pero envejezco. No quiero bajar los brazos, pero me pesan.Me impongo desafíos para avanzar, pero a ratos el corazón me falla… Me falla ante las miradas ausentes e indolentes; me falla ante los jóvenes que ven el mundo con una tristeza que acarrean desde los mundos fantásticos que pretenden crear para sobrevivir; me falla ante la voz dolida de madres y padres, de hermanos e hijos, de amantes y amigos que no entienden por qué pasó lo que pasó. Que gritan aunque nadie los escuche. Que gritan su dolor a solas. Falla mi corazón al leer lo que han escrito unos presos: cartas arrepentidas, poemas desacompasados, angustia y soledad desamparada, atrapada entre la estupidez y su tristeza.Pero la vida sigue; esa vida veterana que oculto atiborrándome de trabajo sigue. Leo por milésima vez un texto incansable del escritor español Fernando Aramburu: “Veo una mesa con mantel de niebla, con vasos y copas, de los que nunca bebí, con alimentos que nunca probé, y, sentada a la mesa, gente extraña, que me revela sus inquietudes, me formula preguntas, confidenciales, me pide el cestillo del pan… Asisto a funerales por difuntos que no existieron. Agradezco regalos que no recibí”.Yo ahora lloro por muertos que no conocí. Yo ahora lloro por muertos que nunca vi, con quienes nunca conversé, a quienes nunca abracé o sonreí. O tal vez sí, porque estos muertos son de todos, nos pertenecen a todos, nos duelen a todos.En una misma semana cinco gritos desgarrados nos invadieron: Nathaly Mafla, hija, hermana, amiga, estudiante, 20 años; Mónika Silva, hija, madre, amiga, amante, activista, denunciadora eterna de chanchullos y componendas, 41 años; Santiago Ávalos, hijo, marido, padre, gerente financiero de una universidad, 42 años; Alexandra Bravo, hija, abogada, fiscal de Manta, 46 años; y Olinda, su hermana que intentó protegerla. Finalmente, otra muerte en un aeropuerto, sus autores: dos chicos.“Cómo se volvió esto, ¿no?”, me dijo un día mi centenaria madre. “Cómo se volvió esto”, pienso con el cerebro remordido entre la ira y la tristeza. La vida dejó de tener valor, matar se volvió un negocio y tener dinero se convirtió en un fin. ¿Cómo nos instalamos en el absurdo, la maldad y el desamparo?Hace muchos años, el sociólogo y pensador ecuatoriano Agustín Cueva escribió Entre la ira y la esperanza, un texto escrito a partir de los ideales de justicia que muchos tuvimos; texto donde la rebeldía y el cuestionamiento se levantan del libro como un torbellino; texto que se asienta en el sueño, en la posibilidad de un cambio; texto tan lejano, porque a muchos nos ha quedado la ira, ya sin esperanza. No entiendo, nadie entiende. Mis palabras no alcanzan; tal vez alcancen las de Jorge Luis Borges en Abramowicz, de Los conjurados: “Cómo puede morir una mujer o un hombre o un niño, que han sido tantas primaveras y tantas hojas, tantos libros y tantos pájaros y tantas mañanas y noches. Esta noche puedo llorar como un hombre, puedo sentir que por mis mejillas las lágrimas resbalan, porque sé que en la tierra no hay una sola cosa que sea mortal y que no proyecte su sombra”. Yo, solo lloro. (O)
Mónica Varea: Yo, solo lloro | Columnistas | Opinión
“Cómo puede morir una mujer o un hombre o un niño, que han sido tantas primaveras y tantas hojas, tantos libros...”.








