Un mal día, en plena pandemia del coronavirus, no pude más. Estábamos todos encerrados en casa, con el miedo instalado en la respiración y en el salón. Leía La Vanguardia cada mañana y allí estaba, en la portada, el contador de muertos. Subía sin descanso. Era necesario, probablemente. Era ­información, pero también era una losa.Búsqueda de víctimas del terremoto en Venezuela Edilzon Gamez / GettyLlamé al director, Jordi Juan. Le dije, como modélico hipocondríaco, que quizá había llegado el momento de retirar aquel contador, que ya sabíamos que aquello era una tragedia. No recuerdo si me hizo caso o no, pero aquella conversación siempre me ha acompañado.Las catástrofes nos incomodan porque nos obligan a poner las cosas en su sitioEstos días he vuelto a acordarme de ella porque el terremoto de Venezuela ha instalado otro contador en todo el mundo. El de los muertos, los desaparecidos, los heridos o los rescatados. Otra vez la vida convertida en un balance provisional. Cada número es alguien: una madre, un hijo, un vecino, cualquier persona que hace una semana hacía planes.Mientras aquí seguimos atrapados en nuestras pequeñas guerras de cada día (el último rifirrafe político, la polémica en las redes, la declaración calculada para abrir un informativo...), al otro lado del Atlántico hay gente removiendo piedras con las manos. No buscan tener razón, buscan oír un golpe bajo una losa. Un susurro. Un milagro.Por eso las catástrofes nos incomodan tanto: porque nos obligan a poner las cosas en su sitio. Nos recuerdan que, antes que votantes, tertulianos o anónimos de X, somos seres humanos extraordinariamente frágiles. Que la vida puede cambiar en diez segundos. Que una casa deja de ser un hogar para convertirse en una montaña de cemento. Y que el mayor lujo del mundo pasa a ser algo tan sencillo como responder cuando alguien grita tu nombre.Seguiremos informando del balance porque esa es nuestra obligación. Pero conviene no olvidar que detrás de cada unidad que suma ese contador hay una historia interrumpida, una familia rota o un barrio entero esperando que, por una vez, la siguiente actualización traiga una buena noticia por minúscula que sea. Ojalá llegue el día en que ese contador deje de subir y la noticia no sea cuántos faltan, sino cuántos han vuelto.