La noche del 13 de julio de 1988 los espectadores españoles, como cada miércoles, tenían dos opciones frente al televisor: conectar La 1 para seguir al capitán Furillo o acompañar a la gran Jessica Fletcher. Sin embargo esa noche lo que mantenía en vilo a más de un espectador era el inusual invitado que el periodista Jesús Quintero tendría en el programa El perro verde tras Canción Triste de Hill Street: Rafael Escobedo, el asesino de los marqueses de Urquijo. Durante el programa Escobedo proclama su inocencia una y otra vez, habla de su adicción a las drogas y sobre sus pensamientos suicidas. El 27 de julio se descubrirá su cuerpo en su celda. Esta muerte por suicidio incrementó los rumores y las sospechas que desde el principio habían envuelto el asesinato de sus suegros, los marqueses de Urquijo, la noche del 31 de julio de 1980.PublicidadAños de especulaciones, una investigación negligente, una confesión obtenida mediante la violencia y la coacción, una fuga de película, una fusión bancaria, la sospechas sobre la implicación de Miriam, la ex mujer de Escobedo, y Juan, hijos de los marqueses, periodistas de dudosa reputación, pijos, vividores, banqueros, nobles, un abogado adicto a los medios de comunicación y una sentencia que abría la puerta a la participación de más de una persona en el crimen convirtieron este asesinato en toda en una metáfora de la Transición.La noche del 31 de julio de 1980, los marqueses de Urquijo dormían solos en su imponente chalet de la calle Camino Viejo de Somosaguas. El mayordomo tenía el día libre y la doncella pasaba la noche en un chalet cercano. Manuel de la Sierra Torres, marqués consorte de Urquijo, de 55 años, ingeniero, abogado y banquero, Caballero del Santo Sepulcro y del Santo Cáliz de Valencia, dormía en el dormitorio principal del segundo piso; su esposa María Lourdes Urquijo Morenés, de 45 años, Grande de España, quinta marquesa de Urquijo, marquesa de Loriana y de Villar del Águila, lo hacía en una cama modesta colocada en el vestidor de la habitación contigua. A pesar de que el chalet estaba fuertemente protegido, al filo de la madruga los marqueses morían asesinados en sus respectivas camas tras ser disparados a bocajarro con un revólver del calibre 22. El asesino -o asesinos- había logrado entrar tras saltar la cerca, abrir un boquete en una de las cristaleras próximas a la piscina y forzar una puerta con un soplete, todo esto sin despertar a los marqueses ni alterar a Boli, el perro de la pareja.Nada más hacerse público el asesinato, se personan en el chalet Miriam de la Sierra y el administrador de los maqueses, Diego Martínez Herrera, que manda lavar y vestir los cuerpos sin que nadie se lo impida. También llega a la escena del crimen Rafael Escobedo, exmarido de Miriam, ante la extrañeza de los presentes, pues es sabido que los marqueses le detestaban. Los rumores se desatan desde el primer momento y se dice que el administrador quema papeles de la caja fuerte mientras los cuerpos de sus empleadores yacen en sus camas. La fusión entre el banco Urquijo y el Banco Hispano Americano, operación a la que se oponía el marqués, parece en un principio ser la causa del asesinato y la prensa especula que el crimen fue cometido por sicarios. Pero la oposición del marqués a la fusión no tenía mayor relevancia, ya que en 1980 poseía participaciones minoritarias y su voto ya no era relevante. Así que las especulaciones apuntan ahora hacia todos lados: el administrador, los hijos e incluso se insinúa que la CIA -el marqués había trabajado en la Embajada de EEUU en Madrid- está relacionada con el crimen.El caso tendrá una enorme repercusión social y mediática. El asesinato de dos nobles con estrechos vínculos con la política, la banca y la Corona, pero con una vida muy discreta, despierta la curiosidad pública y provoca un gran revuelo entre las altas esferas, lo que añade presión extra a la investigación. Pero la policía española en 1980 está compuesta principalmente por efectivos que llevaban en activo desde la dictadura y está más entrenada para la persecución política que para la investigación criminal.PublicidadEl 21 de junio de 1978 Miriam de la Sierra, la hija mayor de los marqueses de Urquijo, se había casado con Rafael Escobedo Alday, Rafi, como le llaman sus amigos, un niño pijo con raíces nobles. Escobedo había dejado Derecho pues estaba más preocupado en disfrutar de la noche madrileña con sus amigos Javier Anastasio, Jimmy Giménez Arnau, que se casaría con una de las nietas del dictador Franco, y Mauricio López Roberts y Melgar, marqués de Torrehermosa. Anastasio y López Roberts serán posteriormente acusados de complicidad en el asesinato de los marqueses. Anastasio protagonizará una fuga que dejará en evidencia a las autoridades mientras que Roberts acabará entrando en prisión. Estos cachorros de las élites franquistas alternaban los salones de sus pisos de lujo y las cacerías en las fincas familiares con las salidas nocturnas donde se codean con yonquis y proxenetas. Acostumbrados a la buena vida y sin intención de ponerse a trabajar, imitaron el ejemplo de sus padres y buscaron esposa entre las hijas de las élites. Sin embargo los tiempos ya habían cambiado irrevocablemente y sus parejas ya no están dispuestas a mirar hacia otro lado y llevar, como la mayoría de sus madres, una existencia de camas y vidas separadas.La animadversión mutua entre el marqués y Escobedo es, a su vez, pública y notoria, el segundo llama cerdo y avaro a su suegro y el marqués tampoco se muestra tímido en expresar su desprecio. Cansado de tener a la pareja en casa -que ni estudia ni trabaja- los acabará echando del chalet. En la semana santa de 1979 Miriam Urquijo hace público que mantiene una relación sentimental con Richard Denis Drew, conocido popularmente como Dick el americano. Y unos seis meses antes de su muerte, el marqués convence a Miriam para que solicite la nulidad matrimonial, dispuesto a correr con todos los gastos. Rafael Escobedo estalla al enterarse; el 28 de julio, durante una de sus discusiones, este le dice a Miriam que va a hundir a sus padres.Una vez descartada por las autoridades la teoría del suicidio, del robo o del atentado político, pocas dudas les quedan a los investigadores de que el responsable -o responsables del crimen- se encuentra en el círculo íntimo de las víctimas. Varios son los indicios que indican que esto es así: el asesino -o asesinos- estaba familiarizado con la casa, ya que entró sin casi provocar daños y, sobre todo, sin ser detectado por el perro; además los asaltantes también conocían las costumbres de la pareja, y sabían qué día libraba el mayordomo, que los marqueses dormían en habitaciones separadas y que tenían previsto irse al día siguiente a su chalet de Sotogrande. Cuando encontraron los cuerpos sus maletas estaban ya listas.PublicidadY a pesar de todo esto la opinión pública y la prensa se mostraron más beligerantes y suspicaces con los hijos de los marqueses que con Escobedo, que es detenido y conducido a los calabozos de la Dirección General de Seguridad, donde es sometido a un duro interrogatorio y a todo tipo de presiones y vejaciones, recibiendo el tratamiento habitual que los detenidos sufrían en aquel lugar, conocido por el uso de la tortura contra los presos políticos, aunque era una rareza que alguien del estrato social de Escobedo lo viviera en carne propia. Tras varias horas de durísima presión, este acabará confesando el asesinato.Sin embargo Escobedo, defendido por José María Stampa Braun, se declarará inocente durante el juicio. A pesar de las pruebas en su contra, la prensa se abona a las especulaciones y a cualquier teoría que le exculpe. Aun así terminará siendo condenado en octubre de 1983. Pero su círculo íntimo de niños bien, de vividores sin oficio ni beneficio, alimentará durante años la imagen de un Escobedo víctima de un complot político y policial.El crimen de los marqueses de Urquijo fue un crimen complejo que se cometió en un momento difícil, cuando la democracia estaba empezando a consolidarse. Además, tanto las víctimas como los acusados pertenecían a la élite franquista y la policía no estaba preparada para un caso de ese calibre. La prensa se saltó todos los límites éticos -los reporteros de El Caso llegaron al chalet antes que la policía y se publicaron las fotos de los cuerpos- y acusaron sin pruebas a los dos hijos de los asesinados.Escobedo descansa en el panteón familiar del cementerio de San Isidro, sus suegros están enterrados en el de San Justo. Puede que nunca lleguemos a saber toda la verdad sobre lo ocurrido la noche del 31 de julio, aunque todo apunta a que el asesinato de Lourdes Urquijo y Manuel de la Sierra no fue más que el acto caprichoso de un joven consentido que nunca quiso aceptar la gravedad de sus acciones.