El día en el que se descubrieron los cuerpos de Toñi, Miriam y Desirée, las niñas de Alcàsser, mi madre me echó una bronca descomunal. Aquel miércoles 27 de enero del 93 entré por la puerta de casa, después de pasar la tarde en el cine, cuando mi madre salió a mi encuentro y me puso de vuelta y media por llegar tarde y no haber dado señales de vida desde que había salido. En un mundo sin móviles, geolocalización o wasaps, en el que solo echábamos mano de las cabinas en caso de extrema necesidad. Lo que yo no sabía era que mi madre estaba en estado de pánico, ansiedad y shock por culpa de Nieves Herrero.PublicidadPorque el día en el que se descubrieron los cuerpos de Toñi, Miriam y Desirée, las adolescentes de Alcasser que llevaban setenta y cinco días desaparecidas, se cruzó en España una línea invisible y sin retorno de la que aún no nos hemos recuperado. Aquel miércoles 27 de enero del 93 a las siete de la tarde todos los teletipos de las redacciones de noticias de este país escupían la misma información: que por la mañana tres apicultores se habían encontrado en el Barranco de La Romana, cerca de la presa de Tous, con tres cuerpos. Y a partir de ese momento se marcará un antes y un después en la forma en que la prensa y, especialmente las televisiones, enfocarán el tratamiento de los sucesos.Sin ningún tipo de miramientos, pudor o respeto alguno por el dolor de las familias, la prensa emitirá en directo las labores de exhumación y se entablará una batalla campal entre Paco Lobatón y Nieves Herrero, que pelearán por la exclusiva, convirtiendo el pueblo de Alcàsser en un plató de televisión y a sus vecinos, conmocionados, en los extras de uno de los espectáculos de pornografía emocional, falta de escrúpulos y terror sexual más vergonzosos y lamentables de la historia del periodismo patrio. Utilizando incluso a la Policía Local para evitar que las familias de la niñas hablasen con el resto de los periodistas, Antena 3 y Nieves Herrero, que había conseguido también hacerse con la exclusiva del velatorio, azuzarán la rabia, el dolor y el desconcierto de los vecinos y familiares, que llegan incluso a pedir la horca para los responsables del asesinato. La llegada de los ataúdes con los cuerpos de las niñas se retransmite en directo mientras el abuelo de una de ellas le cuenta a una periodista que mientras no se confirme la identidad de las víctimas no quiere perder la esperanza. El dolor, el miedo, la angustia se han convertido en un odioso espectáculo orquestado desde los platós madrileños con el único objetivo de alimentar los índices de audiencia.Durante años sus familias serán revictimizadas una y otra vez por una prensa que no se cansará de especular sobre el asesinato y lanzar todo tipo de teorías disparatadas, de poner en duda la versión oficial y la investigación policial, filtrando los detalles -e incluso las fotografías de la autopsia-, pseudoperiodistas ganarán dinero y relevancia pública a costa de este crimen atroz, lo que obligará a la madre de una de las víctimas a pelear en los tribunales para evitar que el asesinato de su hija se utilice para generar ingresos y para resucitar carreras de personajes sin escrúpulos. Y mientras las cámaras de televisión retrasmiten el dolor de un pueblo para entretenimiento de los telespectadores, uno de los responsables del crimen, Antonio Anglés, huye de la Policía por una ventana. Su rastro desaparecerá frente a las costas de Irlanda sin que a día de hoy nadie pueda asegurar si sigue vivo o ha muerto.Y si bien es cierto que el crimen de Alcàsser no fue el primer asesinato en despertar el morbo o el interés popular, ni mucho menos fue la primera vez que se hizo una cobertura sensacionalista de un crimen -la crónica negra tiene una larga tradición en España al igual que en el resto de Europa, y autores tan respetados como Pardo Bazán y Pérez Galdós ejercieron de cronistas de lujo de varios de los asesinatos más sonados de su tiempo-, la llegada de las televisiones privadas amplificó y magnificó la cobertura de la información de sucesos, que se convirtió, junto a los chismes y los cotilleos sobre famosos, en la baza principal para la batalla de las audiencias, y, por tanto, para ganar dinero.PublicidadSin embargo, desde el mismo momento en el que las cámaras de televisión tomaron por asalto el Barranco de La Romana y el pueblo de Alcàsser, se abrió la veda para que el periodismo, especialmente el televisivo, se deslizara por la peligrosa pendiente del sensacionalismo extremo, de la búsqueda perpetua de la exclusiva y el asombro, fuera cual fuera el precio que hubiera que pagar por ellos. Desde el mismo instante en el que un reportero tuvo la audacia de acercar un micrófono a una menor de edad que lloraba desconsolada porque habían asesinado a sus amigas, se saltaron todas las barreras deontológicas de la profesión con la aquiescencia de los jefes y los directivos de las cadenas de televisión que solo pensaban en ganar audiencias e ingresos millonarios en publicidad. En la actualidad hemos naturalizado que la prensa filtre datos de una investigación en curso aunque con ello la pongan en peligro. Nos hemos acostumbrado a coberturas sensacionalistas que lo único que buscan es manipular los sentimientos del espectador, y en las que se mezclan sin pudor las opiniones y prejuicios de los periodistas con los datos objetivos de los casos. En las que se acosa a las familias de las víctimas, se da voz a los victimarios, en ocasiones a cambio de dinero, y en las que se manipula a la audiencia. Un tratamiento mediático que ha llegado, como sucedió con Dolores Vázquez, a condicionar tanto a los investigadores como a la propia sentencia.Estas coberturas informativas son peligrosas además porque alimentan falsas narrativas sobre la inseguridad que sirven de mecha para discursos extremistas y punitivistas que no se ajustan a la realidad. Porque la constante presencia de la crónica negra en las televisiones, y la forma en la que se cubren los casos más mediáticos, generan la sensación de que vivimos en un país violento y peligroso, y esta falsa impresión se acaba materializando en políticas punitivistas inspiradas a golpe de titular. Y así, el hecho de que uno de los sospechosos del asesinato de las adolescentes de Alcàsser se hubiera fugado tras un permiso penitenciario provocó un escándalo en el que se llegaron a cruzar graves acusaciones entre el ministro Corcuera y el Presidente del Tribunal Supremo, Pascual Sala, sobre la política penitenciaria en medio de un circo mediático y con una población conmocionada por el asesinato. Un pánico social en torno a los permisos penitenciarios que no se ajustaba a la realidad pero que fue difícil de sofocar dada la incapacidad de las autoridades para dar con el paradero de Anglés, que se movía despreocupadamente por el país.Pero la consecuencia política y simbólica más peligrosa de este enfoque sensacionalista es que se usa para elaborar narrativas que ignoran la perspectiva de género y convierten los feminicidios en relatos de terror sexual con los que aleccionar a las mujeres. Discursos que, como bien apunta Nerea Barjola, comenzaron a popularizarse en España tras el asesinato de Toñi, Miriam y Desirée, y que ponen el foco en el comportamiento de las víctimas, responsabilizándolas y culpabilizándolas de lo que les ha ocurrido. De esta manera el calvario y el asesinato de las adolescentes sirvió de moraleja y de lección al resto de mujeres, usándose como una herramienta de control y disciplinamiento. Una admonición. Pero casi nunca como una prueba de que el patriarcado y el machismo se sostienen ejerciendo violencia sistémica sobre las mujeres.PublicidadEl caso de las niñas de Alcàsser nos enseñó varias lecciones sobre el mal periodismo y sobre cómo este deshumaniza a las víctimas y las explota. La prensa creó un espectáculo -y un lucrativo negocio- del terrible calvario y del asesinato de Miriam, Toñi y Desirée, especulando y elaborando durante años teorías de la conspiración disparatadas que hubieran sido más fáciles de desmentir si el caso se hubiera investigado con mayor rigor y sin las negligencias que permitieron la huida de Anglés. Como el principal sospechoso nunca fue llevado ante los tribunales ha quedado una incómoda sensación de impunidad que ha imposibilitado que el caso se pudiera dar por cerrado satisfactoriamente. La prensa, al convertir el asesinato de las tres adolescentes en un espectáculo vergonzoso e irrespetuoso con su memoria y sufrimiento, normalizó el porno emocional y la falta de deontología en la crónica de sucesos, aunque todo esto nunca hubiera podido suceder sin la complicidad de los y las espectadores.