Creció entre viñedos en Mendoza observando cómo su madre, Susana Balbo, se convertía en una leyenda de la vitivinicultura argentina. Sin embargo, su camino no nació de un mandato, sino de un análisis pragmático sobre cómo quería moldear su vida profesional. Formado como enólogo en la prestigiosa Universidad de Davis en California, volvió al país para construir un proyecto multigeneracional donde aportó técnica, internacionalización e innovación. Trajo un bagaje de técnica e internacionalización que impulsó la innovación en la bodega familiar. Reconocido entre los 100 mejores Máster Winemakers del mundo, combina la tradición del Malbec con arriesgadas apuestas en blancos de guarda, vinificación en vasijas neutras y frescura gastronómica. De hablar pausado y sin vueltas, huye de las etiquetas rígidas desafiando los egos de la industria, desmitifica sin filtro los esnobismos que suelen rodear a la copa y defiende al vino como uno de los últimos bastiones de encuentro humano y analógico en plena era de aislamiento digital.
Noticias: Creció rodeado de viñedos y con una madre que rompió los techos de cristal en la industria. ¿En qué momento decidió que ese también sería su camino?
José Lovaglio: Cuando empecé a hacerme a la idea de mi rol profesional, lo tomé desde un lado muy práctico. Tenía temor a quedarme clavado en una sola actividad. Mi papá falleció cuando yo era adolescente y era administrador de empresas, pero del lado de mi papá tengo muchos tíos profesionales: uno era veterinario, otro traumatólogo, otro político... Les pedí a cada uno seguirlos en su día a día. Y me di cuenta de que lo que hacían mis padres no estaba tan mal. El negocio vitivinícola conjugaba ciencia, viajes, gestión y comunicación. Nunca fue un mandato, pero me dijeron: “Si querés meterte, tenés que comprometerte y estudiar afuera”.










