Actualizado Lunes,

julio

01:27Lo dec�a Rosa Chacel con esa lucidez que la caracterizaba: "La memoria es un gran laboratorio donde se destilan los jugos del tiempo". En Valtuille de Abajo, ese laboratorio huele a rasp�n, a arcilla h�meda y a una m�stica que no necesita de sacrist�as, sino de botas embarradas. All� opera Ra�l P�rez, el hombre al que el mundo insiste en llamar "el mejor en�logo del planeta", como si se pudiera medir este misterio con el mismo rasero que un campeonato de atletismo.Para entender su particular universo hac�a falta una liturgia visual, y as� apareci� El Mago del Vino, la serie documental (4 cap�tulos) que esta noche estrena Cuatro y que ha venido recorriendo los templos del cine patrio: desde el rigor de la Seminci de Valladolid hasta el abrazo mediterr�neo del Festival de Cine de M�laga, donde gan� el Premio al Mejor Largometraje en la Secci�n Cinema Cocina; pasando por el sanctasanct�rum del Festival del Most (Pened�s) en el que se alz� con el Premio al Mejor Documental y su �ltima rev�lida el a�o pasado en Fenavin. Recientemente la Academia Internacional de Gastronom�a le concedi� el prestigioso Prix Audiovisuel.La mirada leonesa: Zanskar y el pulso de MoncasiEl acierto de la producci�n arranca de una complicidad de sangre y geograf�a. Detr�s del proyecto est� Zanskar, la productora de Mar�a Ruiz y Jes�s Calleja. Que Calleja ande metido en esto no es capricho corporativo: es paisanaje. Hay un cord�n umbilical invisible que une a los leoneses de raza, una forma de mirar el horizonte que bascula entre la terquedad de la roca y la generosidad del magosto.Sin embargo, el verdadero milagro de la serie estriba en la direcci�n de David Moncasi, en su pulso sereno, casi contemplativo. Su c�mara no busca el publirreportaje de lujo ni la hagiograf�a de manual de escuela de negocios.No hay artificio. Hay tiempo. Ese bien escaso que el vino exige y que el g�nero documental, cuando alcanza la madurez, tambi�n sabe respetar.La obra sigue a Ra�l P�rez en el desaf�o de La Muria, una peque�a vi�a berciana que acabar�a regal�ndole los ansiados cien puntos Parker (el a�o pasado volvi� a conseguirlos por segunda vez), pero pronto comprende que esa cifra no es el verdadero argumento. El aut�ntico relato est� en el camino.Ra�l P�rez nunca ha parecido un personaje construido para el �xito. M�s bien todo lo contrario. Habita las vi�as como quien vuelve a casa. Camina entre cepas viejas con la naturalidad de quien conversa con viejos amigos. Habla poco y escucha mucho. Y quiz� por eso sus vinos parecen escritos antes que elaborados. Cada botella lleva dentro una geograf�a, una memoria y una conversaci�n con el paisaje. Hay algo profundamente berciano en esa manera de entender el mundo. No como un territorio que conquistar, sino como un lugar al que pertenecer. El Bierzo no aparece aqu� como un escenario de postal, sino como un personaje principal, con sus inviernos, sus pendientes imposibles, sus pueblos peque�os y esa dignidad silenciosa de la Espa�a que todav�a sabe trabajar mirando al cielo. Moncasi entiende que filmar una cepa es tambi�n filmar una cultura. Y lo hace con una delicadeza que por momentos me recuerda algunas de las escenas de las pel�culas de Guer�n, donde el paisaje nunca es un decorado, sino un interlocutor.Tambi�n asoma un humanismo que recuerda a Fernando Le�n de Aranoa.Como en sus mejores personajes, aqu� importa m�s la condici�n humana que la biograf�a brillante. Ra�l podr�a haber sido presentado como un h�roe del vino contempor�neo. Sin embargo, el documental prefiere mostrar al hombre que duda, que se emociona, que recuerda a su sobrina y a su padre, que sigue buscando respuestas incluso despu�s de haber alcanzado aquello con lo que tantos sue�an. Los buenos maestros nunca dejan de aprender.Un universo sin f�rmulasDec�a Jos� Mateos que "la verdadera riqueza consiste en saber mirar". Y Ra�l P�rez mira como miran los campesinos antiguos: con paciencia, con respeto y con una especie de gratitud hacia aquello que todav�a no ha sucedido. Es el viticultor que viaja en preferente pero que solo es feliz con las u�as negras de tierra. Su m�todo es la renuncia a la tecnolog�a invasiva, el regreso a la intuici�n, el respeto casi sagrado por la a�ada, sea esta esquiva o generosa. Su viticultura nace de esa mirada. Su universo es un laberinto de contradicciones que el documental desentra�a con elegancia.Ra�l P�rez nunca pretende imponer su voluntad a la vi�a. Al contrario. La acompa�a hasta que ella misma encuentra su voz.Antonio Gamoneda escribi� que "la belleza no necesita ser comprendida para existir". Quiz� por eso resultan tan dif�ciles de explicar los vinos de Ra�l P�rez �nicamente desde la t�cnica. Hay ciencia, naturalmente. Hay una sabidur�a inmensa. Pero tambi�n hay intuici�n, sensibilidad y una rara capacidad para escuchar lo invisible. El vino, en sus manos, deja de ser un producto para convertirse en un lenguaje.Ver El Mago del Vino es asistir a una lecci�n de resistencia cultural. En un mercado globalizado que exige uniformidad, este berciano singular ofrece disidencia l�quida. El documental capta esa atm�sfera de manera impecable: el vino como una de las bellas artes, pero sin la pedanter�a de la alta burgues�a urbana, sino con la gravedad del hombre pegado al surco.La serie emociona porque habla de vino, s�, pero sobre todo porque habla de personas.Ah� reside su mayor virtud.En una �poca fascinada por la velocidad, este viticultor sigue defendiendo el tiempo. En un mundo que premia el ruido, �l contin�a creyendo en el silencio de una barrica. Mientras busca hacer un "grand cru", sigue intentando comprender una cepa m�s, una parcela m�s, una vendimia distinta. Y uno acaba comprendiendo que el verdadero hechizo nunca estuvo en alcanzar los cien puntos Parker. El milagro consiste en seguir entrando cada ma�ana en una vi�a como quien cruza la puerta de una biblioteca infinita, dispuesto a aprender una p�gina nueva de la tierra.Los magos aut�nticos nunca hacen desaparecer la realidad. Consiguen algo mucho m�s dif�cil: ense�arnos a verla.