Si el vi ranci catalán encierra una filosofía, es la de la oxidación lenta y deliberada como virtud. Durante décadas, sobrevivieron en barricas olvidadas, ajenos a etiquetas y denominaciones de origen. El siglo XXI los ha despertado

Convertido en un auténtico tesoro líquido, el vino rancio ha permanecido durante siglos custodiado en las masías catalanas. En el fondo de la bodega, o en el rincón de la zona más fresca y apartada, una barrica permanecía siempre medio llena: la bota del vino de la casa, un ámbar reservado para bodas, bautizos, visitas ilustres o como remedio doméstico para el cuerpo y el ánimo. Hoy, ese líquido paciente y silencioso, marcado por la acción del oxígeno y el lento paso de los años, vive un renacimiento de la mano de enólogos innovadores y consumidores audaces, ávidos de descubrir un patrimonio que parecía condenado al olvido. Buen ejemplo de ello es la singular aventura de Javier Continente y Luis Remacha, convertidos en arqueólogos y detectives enológicos a la busca de vinos madres por distintos pueblos de Navarra y Aragón para elaborar sus excelentes Niños Perdidos. Otros rastrean en cooperativas y bodegas modernistas catalanas para adquirir soleras centenarias que luego embotellan con respeto, conscientes de que cada extracción es irrepetible. Es en Cataluña donde se lidera el renacimiento de los vinos rancios (vi ranci en catalán), transformando un producto históricamente doméstico en un objeto de lujo enológico. Como Memòries Cal Gabriel (235 euros), Martinet Ranci Dolç (160 euros), María de cal Vall Ranci (120 euros) o Gramona Batlle Vi Ranci Solera Inicial 1910 (118 euros). Pero antes de seguir, hagamos un poco de historia.