Según publicó la agencia de noticias e información financiera Bloomberg, “la última tendencia a la hora de elegir un buen vino es fijarse sobre todo en el suelo, no en la uva”. Por su parte, la escritora y enóloga Alice Feiring ha publicado un libro que ayuda a los aficionados a escoger el vino “teniendo en cuenta su origen, es decir, el terreno en el que crece”. Y ya hay restaurantes que empiezan a organizar las cartas de vinos no por la variedad de la uva, el tipo de vino o el país de origen, sino por la geología de los viñedos.

La idea de que el suelo de un viñedo es importante para la elaboración del vino se consolidó en la Edad Media, cuando, según cuenta la leyenda, los monjes de Borgoña cataban la tierra para ver cuál producía el mejor vino. Al fin y al cabo, las vides absorben agua del suelo y cabe suponer que, con ella, recibirán todos los demás nutrientes que necesitan para desarrollarse.

Tal y como explico en mi nuevo libro, este entusiasmo por la importancia de la geología es un fenómeno nuevo. Hace tiempo que la ciencia descubrió la fotosíntesis y mostró que las vides no crecen únicamente por la acción del suelo, sino que en su desarrollo también influyen el sol, el aire y el agua.