El secreto para mantener vivo un legado de siete siglos no se resume en una frase. En Garriguella, muy cerca de Figueres, la capital del Alt Empordà, una misma familia ha sabido adaptarse al paso del tiempo. Pero resistir, por sí solo, no basta para definir a los Roig. Su historia combina adaptación, arraigo en el territorio y voluntad de mantener vivo un sueño. Y también una pregunta que se repite de generación en generación y de padres a hijos: ¿cómo recibir un proyecto familiar como Mas Llunes sin limitarse a reproducirlo?Los Roig llevan 700 años en Garriguella, según consta en una antigua escritura de propiedad que ya sitúa allí a sus antepasados. La vida ha cambiado profundamente desde entonces, pero la vid y el olivo continúan definiendo este paisaje mediterráneo, a los pies del macizo de la Albera, donde los Pirineos descienden hasta encontrarse con la Costa Brava. Antoni y Gemma administran hoy ese legado, después de que cada generación haya tenido que reinterpretarlo para atravesar guerras, plagas en los viñedos, transformaciones económicas y cambios en la manera de trabajar la tierra.Durante generaciones, los Roig combinaron el cultivo de la tierra con la destilación y la elaboración de licores. La familia conserva documentación del siglo XIX que acredita aquella actividad. Y todavía hoy mantiene abierta, en el centro de Garriguella, la fábrica Roicom, donde produce, entre otros productos, destilados de los restos de la uva y la ratafia empordanesa. Destilar también es una forma de transformar la historia en líquido, de sostener una tradición, de embotellar el paso del tiempo.El vino, sin embargo, siguió otro camino. En 1963, el abuelo de Gemma dejó de elaborarlo en el antiguo lagar familiar y empezó a entregar la uva a la recién inaugurada cooperativa del pueblo: la Agrícola de Garriguella. Durante casi cuatro décadas, la tradición vinícola quedó integrada en un proyecto colectivo, mientras la familia concentraba parte de sus esfuerzos en los licores. Pero en el año 2000 todo cambió.Antoni Roig: “Soy ingeniero de formación, pero viticultor de vocación”.Cedida“Creamos la bodega desde la ilusión compartida de recuperar una tradición familiar”, recuerda Antoni Roig. Su hija Gemma, que tenía unos doce años cuando nació el proyecto, creció observando aquella transformación. “Desde el principio me la hice muy mía, porque es algo que he visto toda la vida”, explica. Los padres de Antoni, su tío y su esposa compartieron la decisión de volver a elaborar sus propios vinos y fundaron Mas Llunes en una finca con el mismo nombre.La experiencia acumulada en la fábrica de licores les proporcionó una estructura sobre la que empezar, pero el impulso nació sobre todo de la pasión. “Soy ingeniero de formación, pero viticultor de vocación”, resume Antoni. “Hay un componente romántico muy importante. Los viticultores no somos empresarios tradicionales: nos regimos por otros conceptos”.Lee tambiénGemma se incorporó al proyecto en 2014. “Al principio las discusiones eran más frecuentes”, admite Antoni. “Después nos hemos ido amoldando y nos avenimos bien”. Después de estudiar Administración y Dirección de Empresas, pasar una temporada en Londres y trabajar durante dos años y medio en una compañía industrial de las comarcas de Girona, Gemma volvió a casa. Empezó gestionando las visitas de enoturismo. Pronto entendió que había que ir más allá del recorrido tradicional. “Quise aprovechar lo que teníamos en nuestro entorno. Mi padre me ha transmitido la estimación por la viticultura, el vino y los valores, donde el territorio y la historia son nuestra cultura y los tenemos que cuidar”, afirma ella.Gemma Roig: “Quise aprovechar lo que teníamos en nuestro entorno”.CedidaUna de las primeras propuestas unió la viticultura con la memoria histórica. Y no es casual. Una de las viñas está plantada sobre el antiguo aeródromo republicano de Garriguella, escenario del último combate aéreo de la Guerra Civil en Catalunya. El refugio se conserva todavía cerca de los viñedos y permite explicar la historia de Josep Falcó, el piloto republicano que protagonizó aquel episodio. Allí, la guerra no se presenta como un decorado: forma parte de una tierra que ha aprendido a absorber sus propias heridas.Mas Llunes también convirtió la sala de barricas en un espacio inmersivo con luces, música e imágenes para probar los vinos con todos los sentidos. Y hace unos años incorporó una experiencia vinculada a la biodiversidad de la Albera. La bodega construyó puntos de agua protegidos para favorecer a la tortuga mediterránea y a otros pequeños animales, instaló cajas nido para aves y murciélagos y plantó especies autóctonas que forman parte de su hábitat.Más que una colección de visitas para turistas, estas experiencias expresan una manera de entender el legado familiar. La historia, la viticultura y la biodiversidad no aparecen como elementos separados, sino como partes de un territorio que solo puede mantenerse vivo si también se cuida. “Nos sentimos parte de un colectivo más amplio, el de todos los que integramos: la Denominación de Origen Empordà”, explica Antoni, que durante años formó parte de su Consejo Regulador.Esa voluntad de arraigo se reconoce en los nombres de los vinos y la pasión de Antoni por la historia. Emporion recuerda la colonia griega fundada en Empúries; Rhodes remite a Roses, y Cypsela, a la ciudad mítica que la tradición sitúa bajo las aguas del Mediterráneo. No son referencias ornamentales, sino un abrazo a la historia.Con dinero puedes comprar una empresa, pero lo más importante son las personas; el equipo que hemos construido con el tiempoAntoni RoigMas Llunes en GarriguellaMas Llunes también ha devuelto el protagonismo a variedades tradicionales como las carinyenes y los lledoners —que son las garnachas empordanesas—, en sus variantes blancas, rojas y tintas. En 2020, Finca Butarós, procedente de una parcela de pizarra con cepas centenarias, fue reconocido con el Gran Vinari d’Or por los Premis Vinari.Hoy Mas Llunes produce alrededor de 150.000 botellas con marca propia, vende la mayor parte de sus vinos en mercados próximos y exporta cerca de un 10% de la producción. También recibe unos 5.000 visitantes al año. Pero Antoni se resiste a medir el proyecto únicamente en cifras. “Con dinero puedes comprar una infraestructura o una empresa, pero lo más importante son las personas. El equipo y el compañerismo que hemos construido con el tiempo no se pueden comprar”.Lee tambiénLa historia de Mas Llunes no pertenece únicamente a Antoni ni a Gemma. Tampoco se explica solo por los antepasados que ya vivían en Garriguella hace siete siglos. Es la historia de una familia que ha aprendido a administrar una tierra sin considerarla únicamente suya. “Mi nieto de tres años tiene una gran afición a los tractores. Tal vez de una manera u otra pueda continuar con este legado”. Antoni bromea con jubilarse. “Actualmente, yo diría que mi cargo es previa jubilación, aunque espero no jubilarme nunca”, asegura.Para los próximos 100 años, Antoni y Gemma querrían que se recuerde el esfuerzo de Mas Llunes por poner en valor el amor por la tierra y por los productos de calidad. “No nos llevaremos nada de todo esto”, concluye Antoni. “Lo que queremos es transmitirlo a las generaciones que vengan detrás de nosotros”. Y que de aquí a un siglo, sigan bebiendo vinos.