Ha vivido toda la vida rodeado de viñas, un paisaje en el que Pedro Ferrer (Barcelona, 68 años) se siente a gusto. Es allí, en la casa familiar de La Freixenada, en Sant Joan de Mediona (Alt Penedès, Barcelona), donde comenzó la historia de Freixenet y donde cita a EL PAÍS. Le acompaña durante la conversación su hija Gloria, que dejó el arte para trabajar en la bodega junto a su hermano Pedro, un apasionado de la agricultura, que también cultiva y comercializa ajíes peruanos. El otro hijo es jardinero en California, otra tierra donde los Ferrer tienen arraigo vinícola. Fueron sus padres, Josep Ferrer y Gloria Noguer, quienes en los años ochenta montaron una bodega —Gloria Ferrer Wines— en Carneros, en el condado de Sonoma (California). Entre 1986 y 1994, abandonó Sant Sadurní d’Anoia para trasladarse a Estados Unidos, donde estudió Enología y Viticultura en la Universidad de California Davis —previamente se había graduado en Economía en la Universidad de Barcelona e iniciado en Enología y Viticultura en la Politécnica de Madrid—. Allí presidió la delegación de Freixenet en Estados Unidos y la bodega Gloria Ferrer. A su regreso a España, se ocupó del área comercial de la popular firma de cava y, en 1998, asumió el cargo de consejero delegado del grupo Freixenet. Precisamente de este legado vinícola se desprendieron por completo el pasado mes de marzo, cuando los Ferrer y su primo, José Luis Bonet, vendieron la participación que aún conservaban en Freixenet al grupo alemán Henkell. Culminaban así un proceso iniciado en 2018, cuando traspasaron el 50% de la compañía al citado grupo de vinos y espumosos. Explica, en voz baja y pausada, a veces con la mirada descansando en los viñedos que rodean la estancia, que el proceso se produjo de manera natural: “Cuando se repartió la propiedad entre varios primos, eso hizo que se fragmentara mucho. Mis primos pensaron que lo más inteligente era vender. Fue un tema de familia y, cuando esta es numerosa, suele ser complicado”.Confiesa que le dolió: “Fue una decisión de familia y, más tarde, entendí que habíamos encontrado una solución muy buena. Ya en 2018, mis primos decidieron vender y buscar un socio estratégico, y tengo que reconocer que estos ocho años con Henkell han sido muy buenos. Vender toda la empresa era lo mejor para nuestros proyectos. Tocaba separarse. Mi padre, que fue el que hizo todo esto posible, estuvo de acuerdo [José Ferrer falleció en noviembre de 2024]. Reconozco que soy un sentimental”. Si echa la vista atrás, sonríe al recordar los logros conseguidos. “Fue líder de ventas como el espumoso más vendido en muchos países. No hay tantas marcas españolas que hayan logrado lo de Freixenet. Tiene una trayectoria de la que sentirnos muy orgullosos. Nos dio muchas alegrías, aunque también quebraderos de cabeza: se empezó a vender en 1914, más de 100 años en los que ha habido guerras, crisis económicas...”.En 2019 y en paralelo a Freixenet, Pedro Ferrer puso en marcha Ferrer Wines, grupo que preside actualmente, con cuatro bodegas del antiguo grupo Freixenet: Valdubón (Ribera del Duero), Orube (Rioja Alavesa), Vionta (Rías Baixas) y Finca Ferrer (Valle de Uco, Argentina). A ellas se sumaron posteriormente Cavas Hill y las bodegas familiares Can Sala y La Freixeneda. Además, elaboran vinos en denominaciones como Rueda, Monterrei, Priorat y Montsant. En la aventura de Can Sala y La Freixeneda le acompaña su hermana Dolores, mientras que en el resto de bodegas la propiedad es compartida también por su hermana Mercedes y su primo José Luis Bonet, presidente de la Cámara de Comercio de España. Cuatro de ellas —la de California, Argentina, Can Sala y La Freixeneda— las levantaron desde cero; el resto, las adquirieron. “Es mucho más fácil comprar. En España hay unas 4.000 bodegas y es complicado que a todas les vaya bien. Es importante que el público reconozca y valore tu marca. Hay mucha competencia y hay que hacerlo muy bien”, advierte Ferrer, quien cree que el nivel del vino en España ha dado un salto importante en las últimas décadas. Manejan un patrimonio de 500 hectáreas, elaboran alrededor de ocho millones de botellas y en 2025 facturaron 30 millones de euros. Prevén cerrar el actual ejercicio con un crecimiento superior al 5%, hasta alcanzar los 32 millones. “Queremos consolidar lo que tenemos. Lleva mucho trabajo y esfuerzo volver a ser de nuevo como Freixenet, pero mejorado”, añade el empresario, que mira al mercado exterior como vía de crecimiento. “Vemos una gran oportunidad para crecer fuera, donde solo exportamos un 25% de la producción”. Sobre la rentabilidad, afirma que debería ser algo mayor, tras haber superado la crisis de la pandemia y haber redimensionado la plantilla, compuesta ahora por 75 personas, a las que se suma una decena en Argentina. “Hemos pasado un tiempo sin ser rentables, fue una lección de humildad. Todo esto se aprende con el tiempo, pero vamos por el buen camino”. Creo en la inteligencia artificial, pero con inteligencia humana, ya que el vino es algo complejo, con muchos componentes, aunque parezca que miramos cuatro o cinco parámetros, como el grado alcohólico, el azúcar, la acidez total y la volátil"PEDRO FERRERInnovar y experimentar es importante, apunta: “Ahora hay un abanico de posibilidades para hacer vino, desde ánforas de granito o de cerámica hasta todo tipo de barricas, aunque hay una vuelta a lo que se hacía antes”, explica mirando al cielo, donde luce un sol intenso. “Antes se miraba a la luna y ahora regresamos a las raíces, pero no podemos olvidar que tenemos que ser eficientes”. En cuanto a la inteligencia artificial como herramienta para mejorar esa productividad, sostiene que es un reto para las bodegas, aunque no dejaría la gestión de su negocio en sus manos: “Creo en la inteligencia artificial, pero con inteligencia humana, ya que el vino es algo complejo, con muchos componentes, aunque parezca que miramos cuatro o cinco parámetros, como el grado alcohólico, el azúcar, la acidez total y la volátil”. Parece bromear cuando afirma que “a lo mejor, algún día, la inteligencia artificial pueda encontrar la fórmula exacta para hacer el vino perfecto”, pero se pone serio al añadir: “Confío en que eso no pase”. Sí podría ser, en cambio, una solución para paliar uno de los principales problemas del campo, junto al cambio climático: la escasez de mano de obra. “Esto va en aumento, aunque espero que siempre haya alguien dispuesto a trabajar y que, cuanto mejor esté compensado este trabajo, más gente quiera dedicarse a ello. También puede ayudar la inteligencia artificial, con tractores autónomos o drones para aplicar tratamientos. Se habla mucho de ello, pero cuando paseas por el campo no se ven”.También tiene claro que no desea entrar en el juego de elaborar vinos para gustar a determinados críticos y vivir pendiente de las puntuaciones. “Quiero hacer vino que guste a los consumidores y a nosotros, que llevamos más de 60 años en esta industria”. En cambio, sí observa con detenimiento las tendencias y preferencias de los clientes. “Tenemos que adaptarnos a los gustos, sobre todo de los nuevos consumidores, aunque siempre hay que mantener un producto fiel a tu esencia, aunque sea minoritario. Hasta hace cuatro días estaba de moda el tinto y ahora parece que no. Creo que no hay que dar bandazos según lo que diga el mercado. Pasa lo mismo con la graduación: se pusieron de moda los 15º cuando en La Rioja se hacía con 12º”. Desde la covid ha ganado algo en calidad de vida: ha reducido muchos viajes, que resuelve por videoconferencia. “Viajar es mucho desgaste”, dice, aunque no piensa en la jubilación. “Mi padre estuvo yendo a la oficina hasta los 95 años, aunque a mí me gustaría dejar el día a día de todas las bodegas y que me dejen ocuparme solo de una”. No sabe cuál será, dice mirando el terreno de La Freixeneda.