“Cuando eres muy joven vas a tope de revoluciones con el cuentakilómetros, pero a medida que van pasando los años, la aguja empieza a ir más despacio. Empiezas a mirar hacia atrás”. Pedro Ruiz Aragoneses recurre a esta metáfora para explicar cómo se gestiona una empresa familiar como la que tiene a su cargo, Alma Carraovejas, uno de los grupos vitivinícolas más respetados.Este empresario nacido en Segovia hace 44 años sabe de lo que habla. Se hizo cargo de la empresa familiar con apenas 25 años y corrió a toda prisa: convirtió una pequeña bodega familiar en Peñafiel en uno de los grupos más admirados con varias denominaciones como el prestigioso Pago de Carraovejas, Ossian, Milsetentayseis, las bodegas Viña Meín y Emilio Rojo en la cuna del Ribeiro; Aiurri, en la Rioja Alavesa y Marañones en Sierra de Gredos. También abrió el restaurante con una estrella Michelín Ambivium, una importadora de vinos y una fundación, Cultura Líquida, para dar rienda suelta a los procesos creativos en torno a los caldos. En apenas una década el grupo bajo el que se agrupan todos los proyectos empresariales, Alma Carraovejas, pasó de facturar poco más de dos millones de euros a más de 30 millones el año pasado. Pero las historias de éxito también tienen sus claroscuros. La empresa, una de las más innovadoras del sector vitivinícola español, sufrió un traspiés entre 2023 y 2024. Quizá por las prisas en crecer a toda costa, quizá por la mala suerte, pero el revés supuso un aprendizaje para Pedro Ruiz, cuyos vinos están entre los más demandados y reconocidos de la industria.“2024 fue un año muy duro para nosotros”, admite el empresario en una entrevista con EL PAÍS desde Ciudad de México, adonde ha viajado para participar en el IX Congreso anual de Ceapi, la organización empresarial que busca estrechar lazos entre las compañías iberoamericanas y españolas. “Es verdad que fueron los años de mayor crecimiento e inversión y con el equipo, pero hay un suceso que nos marca mucho: perdemos el 90% de la producción en Ossian por helada; el 40% de Pago de Carraovejas por un pedrisco el 28 de agosto, donde perdemos todo el entorno de la bodega y la Cuesta de las Liebres, la parcela más emblemática que tenemos. También perdimos el 50% de Milsetentayseis y el 50% de Marañones”, justifica. “Nos pega un palo importante. Es un pequeño pellizco”, admite. “Fue un aprendizaje importante. Creo que tenemos que pasar por esto en algún momento. Desde que llegué a este negocio en 2007 habíamos crecido a doble dígito todos los años”, relata. “En ese crecimiento te puede la pasión y vas sumando otro proyecto y otro, pero hay que parar, asentar y consolidar todo lo que estamos haciendo”, reflexiona ahora con más poso.Ruiz asegura que lo peor quedó atrás. El año pasado fue el mejor para el negocio del grupo. El ejercicio de mayor facturación y un beneficio bruto de explotación de 10 millones de euros, frente a las pérdidas de 9,3 millones de 2024. “Lo bueno es que después de ese año, que hubo que tomar decisiones importantes, empezamos a mejorar muchas cosas y en solo un año pasamos del peor ejercicio al mejor”, explica. Ruiz salpica su discurso con términos como responsabilidad, compromiso, ética, cuidado, visión social. Palabras que parecen moldeadas por las escuelas de negocio donde se ha formado. Su discurso parecería artificial si no fuera porque está acompañado por la calidad de sus vinos, por los procesos innovadores que hacen sus bodegas diferentes. Y en esa determinación por hacer las cosas de otra forma para buscar un resultado mejor. “No solamente se trataba de posicionar en nuevos mercados, en gestionar precios, había que hacer inversiones importantes en la viña, trabajar de una forma mucho más minuciosa, trabajar de otra manera del viñedo, poner mucho más foco en la viña, que esto es mucho más costoso”.Cree que su plan estratégico era sostenible, pero reconoce que las cosas no siempre salen como uno las imagina. La recuperación del viñedo viejo en algunos proyectos lleva a la caída de la productividad. “Ambivium (el restaurante de la bodega) es un proyecto precioso, pero que iba dejando cosas en el camino. Una vez con los ajustes el año pasado ya cerramos en positivo, va creciendo y va fenomenal”. Ambivium es un restaurante especial. Tiene más de 5.000 referencias de vinos y es considerado uno de las casas con mejor carta de caldos de España.Pedro Ruiz se emociona cuando se le pregunta por los proyectos. Los viñedos o bodegas que va sumando a su cartera. Su conversación se acelera y muestra el orgullo de haber ampliado el negocio familiar con la incorporación de otras bodegas como la de Viña Meín-Emilio Rojo, uno de los bodegueros más singulares del país con algunas referencias icónicas. “No tengo el concepto de que estemos comprando bodegas. Tratamos de dar continuidad a proyectos maravillosos que por un motivo u otro no tienen continuidad. Y a partir recuperamos bodegas y viñedos, rescatamos historias”, cuenta Ruiz. “Me encantaría decirte que era una estrategia súper pensada. Teníamos claro lo que queríamos y lo que no. No han sido proyectos pensados, han sido proyectos encontrados”, dice, como resultado de la filosofía del grupo.Cuando se le pregunta por nuevos proyectos, Ruiz parece contenerse, aprieta el botón de pausa que parece tener en algún rincón de su cerebro. “Siempre hay muchos proyectos. Hay que parar la cabeza y decir ‘calma’. Menos mal que está mi mujer siempre me me aterriza mucho”, admite. “Tenemos la previsión de seguir plantando algunos viñedos y de algunas plantaciones importantes. Pero hasta dentro de cuatro o cinco años la viña no empieza a producir como realmente queremos. Por eso tenemos que tener esa visión muy a largo plazo. Tenemos que tener cuidado en el corto y dos o tres años, para asentarnos, para ver por dónde va el mercado, el cambio climático, que también está afectando a todo”. La historia de Ruiz es la historia de la bodega original Pago de Carraovejas, en Peñafiel, en plena Ribera del Duero. Su padre, José María Ruiz, un hombre emprendedor, sumiller y apasionado de la cultura del vino, fundó uno de los templos del cochinillo asado de Segovia. El patriarca también era un visionario. Fue de los primeros en apostar por ofrecer un vino de la casa de calidad con los copiosos asados castellanos. Para hacer realidad su sueño en 1987 compró dos bodegas en las laderas de Carraovejas, a los pies del castillo de Peñafiel. Años más tarde le encomendó a su hijo Pedro, un joven estudiante de psicología sistémica, que se hiciera cargo del negocio. Y ahí empezó todo. “Cuando eres muy joven miras muy a lo lejos y cuando vas cogiendo edad empiezas a mirar un poco más hacia atrás. Ahora estamos en ese momento, no de mirar hacia atrás, ni mucho menos, pero sí quizás a una velocidad un poquito distinta a la que hemos llevado hasta ahora”, cuenta con cierta madurez. Cuando empezó, el grupo tenía siete hectáreas de viñedos y ahora suman alrededor de 160 hectáreas de viñas, alguna con más de 200 años.“Los números del grupo son ahora muy buenos. El planteamiento son dos o tres años de asentar todo esto y la deuda quedará en nada”, desliza con el optimismo de haber pasado un bache mientras remarca que este año los números ya van por encima del año pasado. desde un ostentoso hotel en la capital mexicana, donde más de 600 empresarios, algunos de los más ricos de Latinoamerica, estrechan relaciones. “Estados Unidos y México son los mercados más importantes para nosotros. Además, tenemos importadora propia”, dice“El año pasado fue un año maravilloso para mí y este, en lo que llevamos de año, ya va por encima”, apunta. Ruiz está consolidado como uno de los empresarios de más éxito de Castilla y León por su forma de gestionar la empresa, que no deja de tener un origen familiar. Cuando se le pregunta por eso, responde sin dudar: “La empresa familiar es un foco de conficto”, reconoce. “Tiene cosas maravillosas. Creo que son mucho más las cosas buenas que las malas, pero tiene cosas complicadas. Yo soy bastante crítico. Todos hablamos de legado, de patrimonio, de propósito y demás. Pero cuando estás en una empresa familiar y hablas de cerca, al final todos estamos en conflicto”, manifiesta en una especie de confesión. “Quizás tenemos que naturalizar que en la empresa familiar no todos estamos de acuerdo en la toma de decisiones. Creo que eso es bueno, porque si entre una generación y otra todo fluye sin roces, o la generación anterior tiene una mentalidad excesivamente abierta, o la siguiente generación no está aportando realmente cosas diferentes y nuevas”.
Pedro Ruiz (Pago de Carraovejas): “Sufrí un palo importante, un pellizco, pero he aprendido”
Tras un bienio complicado por el ansia de crecer y mala suerte con el clima, el grupo bodeguero firmó en 2025 su mejor ejercicio al superar los 30 millones de ingresos







