Les propongo un ejercicio de imaginación: vamos a suponer que está usted de vacaciones -por fin-, que se ha levantado más tarde de lo habitual, sin prisa, quizá en su casa de siempre, o en un piso cerca del mar, o en el verdor de una sierra. Ahora puede darse un chapuzón antes que nada, con estos calores, o bajar tranquilamente a traer unos churros para la familia, o pasarse por el bar a tomar un café mientras los demás aún duermen y usted puede leer la prensa con calma, picando noticias de aquí y de allá mientras alza la vista para cruzarla con otros veraneantes que tampoco tienen prisa y están de mejor humor de lo que suelen estar a esta hora de la mañana. Luego vendrá un rato para pasear o para dedicarlo a su afición favorita para la que nunca encuentra tiempo durante el resto del año, y una buena comida, seguida, quizá, de una siesta en la penumbra fresca del dormitorio, o en una tumbona bajo la sombrilla o a la sombra de unos árboles a la vera de un riachuelo. Y habrá risas, conversaciones, helados, planes para los días siguientes, una película que hacía tiempo que quería ver, aire acondicionado… e incluso si este año el presupuesto no ha permitido nada especial, tiene usted tiempo, un lugar donde vivir y un trabajo del que ahora, durante unas semanas, está libre. Cuando apriete el interruptor se encenderá la luz y cuando abra el grifo saldrá agua.
Ceuta: ejercicio de imaginación
¿No le llama la atención que chicos de quince años, de dieciocho, de veinte, jóvenes embarazadas, se agencien cualquier cosa que flote y se tiren al mar con la esperanza de llegar a uno de nuestros países? ¿Cómo de ruin hay que ser para coger un avión a Ceuta y empezar a atizar el miedo y el odio contra esas personas que han llegado al límite de la miseria y la desesperación?











