Actualizado a las 12:47h.
Vagan por las calles sin rumbo. Lo hacen con distintas prendas, algunos descalzos, otro con los hombros desnudos cubiertos por mantas de la Cruz Roja. Los zapatos yacen olvidados en el mar a la espera de que algunos entren a recuperarlos, a buscar uno de ... su talla. Cientos de ellos sustituyen el lugar de las gaviotas. Quienes se alejan de la playa caminan hacia un futuro incierto que no parece estar en ellas porque les tiene deambulando en busca de no saben qué. Quieren llegar a la Península, el cómo es para ellos la gran incógnita porque saben que no será tan sencillo como lo fue cruzar el espigón a Ceuta. Están desesperados y así lo demuestran sus continuas súplicas. Ruegan por unas gotas de agua, por restos de comida mientras señalan sus estómagos vacíos, o tal vez unos euros porque quienes pueden costearse una compra solo tienen dirhams y se topan con una sucesión de comercios de persiana bajada. Algunos de sus móviles han sobrevivido a la travesía por agua pero otros, ya secos, han sufrido los estragos de la mar, aquella que unos dicen haber cruzado en quince minutos y otros hasta en seis horas. Un teléfono es por lo primero que suplican incluso antes de salir del mar, mientras trepan por las rocas.











