Las imágenes de la llegada masiva de inmigrantes a Ceuta cuentan historias por sí mismas: caras indisimuladas de júbilo, de alegría a pesar de las adversidades; agonía en las últimas etapas a nado en apenas unos metros de mar suficientes como para provocar la muerte; la calma ingenuidad de un bebé sobre el flotador que tal vez pueda abrirle una puerta al futuro. La crisis migratoria en nuestra frontera sur, que revela la presión ejercida por Marruecos también hacia la Unión Europea y ya ha desatado, por ahora, un conflicto diplomático con el gobierno italiano de Meloni –el cual amenaza con cerrar el espacio Schengen con nuestro país–, nos habla de una vulnerabilidad humana en quienes, en circunstancias benévolas, probablemente no habrían decidido abandonar su tierra con lo puesto para enfrentarse a la inmensidad de lo desconocido. Pero esos rostros –alguno de los cuales gritó "¡Viva España!"– nos recuerdan asimismo el mundo en el que vivimos, su desigual reparto de la riqueza marcado por las cicatrices del colonialismo, y, además, nos pone sobre aviso de un sentimiento tan dañino como común: el odio, que ya galopa sin control en las principales tribunas mediáticas de la mano de la ultraderecha. ¿Qué haremos con él? ¿Logrará minar la convivencia, continuar aupando a partidos xenófobos? ¿Cómo nos defenderemos de ese mal cada día más arraigado, agudizado por los canales de desinformación?PublicidadEl odio y, principalmente, el odio racista está siendo capaz de construir globalmente sociedades que se dirigen, en contra de sí mismas, al abismo más profundo. Las primeras elecciones que ganó Trump, en 2016, se apoyaron en un programa de criminalización del inmigrante en un país donde la violencia ya campaba a sus anchas por las calles y las armas, de tan fácil adquisición, superan en número a los habitantes. "Construyamos el muro" se colocó como lema de campaña y funcionó para movilizar a un electorado que no se organiza para reclamar una sanidad pública o el fin de la brutalidad policial. Mucho antes de que el ICE (la policía migratoria, dependiente del gobierno federal) acumulara el poder que ahora detenta, esa bilis moral estaba ahí y, con ella, el curso geopolítico del mundo ha cambiado hasta alcanzar una forma monstruosa que tampoco favorece a los odiadores. Si miramos hacia atrás, hallaremos poderosas rimas históricas; el odio al judío como principal desencadenante de la II Guerra Mundial, mucho más fuerte que el argumento económico –como explicó Hannah Arendt–; el arrebatador sadomasoquismo –avisó Erich Fromm– que parte de la humanidad alberga dentro y brota convertido en infierno.Esta crisis migratoria quizá ayude a crear consciencia sobre la falta de derechos humanos pero, mucho me temo, servirá especialmente para nutrir un discurso de desprecio contra el más débil que colmate la oquedad semántica de nuestros tiempos inciertos. Odio a quien huye de una biografía vapuleada por el hambre y la miseria, acusación de criminalidad a los que escapan de condiciones medioambientales insoportables, y todo ello se produce entre las filas negacionistas de la emergencia climática, uno de los principales factores que impulsan la emigración. No existe para ese odio argumentario que lo justifique desde el punto de vista lógico, pero llevar la razón nunca garantiza la pervivencia del bien; a veces, basta sólo con agitar las tripas de la gente; en otras palabras: pueden vencer y también convencer y, a las puertas de unos comicios generales y municipales, esto es una mala noticia. Si, antes de las actuales deportaciones masivas y los arrestos arbitrarios, se instaló el muro en la imaginación política de EE.UU., en España, las medidas autonómicas ya representan un primer paso en una potencial concatenación de violencias xenófobas. Pongamos el caso de Aragón, donde, bajo el paraguas de Vox, el gobierno ha decidido retirar la asignación de 17 euros semanales a los menores extranjeros tutelados. En términos monetarios, la iniciativa recauda una cantidad irrisoria para las arcas públicas; sin embargo, el malestar que causa es inconmensurable, pues constituye un agravio comparativo frente a los menores españoles que sí la recibirán, y puede instar a delinquir a unos muchachos que nada tienen, nutriendo a su vez la vocinglería de la discriminación.En los próximos días, asistiremos al crecimiento de mensajes inflamados, llenos de inquina hacia los migrantes; se utilizarán sus retratos y vicisitudes para continuar fabricando el chivo expiatorio de las fallas sociales; se intentará producir una distancia insalvable entre el otro deshumanizado y un nosotros españolísimo y ficticio; se buscará el rédito electoral del dolor sin aportar soluciones. Sólo nos queda andar prevenidos para desmantelar cada una de sus falacias antes de que nuestro país se transforme en un lodazal de agresividad y sospecha permanente en el que nadie querría vivir.
Prevenidos frente al odio al inmigrante
Esta crisis migratoria, mucho me temo, servirá para nutrir un discurso de desprecio contra el más débil











