A medida que caía la noche de este viernes, la playa seguía llena de inmigrantes marroquíes y de chanclas, muchas chanclas, pero nada se puede comparar con lo vivido en las horas anteriores. Una jornada decisiva en la que la gran pregunta era si se repetiría lo ocurrido durante el jueves o la marea se tranquilizaría. "Se les acabó el juego", comenta a este diario un soldado del Ejército de Tierra que custodia la orilla. "Han vivido la aventura de venir y ahora regresan porque han visto que aquí no encuentran ni comida ni bebida". El Ministerio del Interior cifraba en 48.300 los inmigrantes que han retornado a su país. Otros mueven cielo y tierra para poder quedarse y contactan con amigos o familiares que los asistan, probando suerte. Con casi todos los supermercados y comercios cerrados, la ciudad se ha convertido en un lugar difícil de habitar, incluso para los locales. Hasta policías nacionales van preguntando de hotel en hotel en busca de una habitación porque están todos repletos de periodistas y de agentes de los diferentes cuerpos de seguridad. El hotel Puerta de África tiene una lista de espera para turistas españoles que, mientras tanto, duermen en sus coches. Los barrenderos son de las pocas personas que saben cómo acceder a los escasos comercios que siguen abiertos. Para no exponerse a un posible episodio vandálico, muchos venden por puertas traseras o a través de portales de edificios residenciales contiguos para no llamar mucho la atención. Una botella de agua en las calles de Ceuta ahora mismo es un lujo, y si los inmigrantes ven a alguien con una en la mano, se le echan encima para pedirle agua o preguntar dónde la compraron. La ciudad parece haberse replegado completamente ante lo que algunos ceutíes denominan "invasión". Los inmigrantes forman una enorme columna de regreso mientras algunos siguen llegando a cuentagotas, y los que siguen en la ciudad permanecen bajo el escrutinio de los cuerpos de seguridad. También se han formado patrullas vecinales que se encargan de acechar, gritar y empujar a los marroquíes para que "vuelvan de una vez a su puto país". Esa era la frase que repetían continuamente una treintena de jóvenes blancos y españoles que circulaban por los alrededores del ayuntamiento sobre las siete y media de la tarde en busca de inmigrantes. Cuando encontraban a alguno, le gritaban hasta que se echaba a correr huyendo. Las tensiones se han agudizado tras los últimos acontecimientos. De las autoridades sí pueden escabullirse sin muchos problemas los jóvenes inmigrantes, pues la mayoría de agentes no pueden perseguirlos debido a la pesada indumentaria que cargan en sus trajes. La rotonda con la escultura de Enrique el Navegante es un punto neurálgico para los dispositivos de contención desarrollados por los cuerpos de seguridad, y allí los chavales se burlaban con frecuencia de los agentes, corriendo más rápido que ellos. Desde la hora de la comida, efectivos del Ejército comenzaron a dividir a los grupos de inmigrantes que deambulaban alrededor de esa rotonda. La idea era que no se juntaran con un enorme grupo que acampaba en el parque Jardines de la Argentina. Allí había de todo. Desde niños descalzos mendigando un sorbo de agua hasta adultos todavía empapados que no paraban de gritar '¡Viva España!' o '¡Hala Madrid!'. Llamar a la familia para sobrevivir Mientras subían por toda la Avenida de África, varios inmigrantes rogaban que les dejara el móvil para hablar con sus familiares. El primero fue un menor de 16 años que avisó a su padre, residente en España, y este le indicó que fuera al Mercadona de la Avenida de España. Allí habría alguien que le entregaría efectivo para que comiera y bebiera. A los pocos segundos de recibir la noticia, el chico y su decena de acompañantes salieron corriendo rumbo al Mercadona. Todos iban con muy poca ropa y la que llevaban estaba llena de barro. La madre del adolescente que proviene de Castillejos dijo, bajo anonimato, a este diario, vía WhatsApp: "Yo no puedo ayudarlo porque estoy en Baréin y no tengo dinero ahora para volverme a Marruecos. Mi hijo ni trabaja ni va a la escuela, por eso se fue de Marruecos para Ceuta, y ahora yo no sé dónde duerme ni qué come. Me estoy volviendo loca porque no sé qué voy a hacer para ayudarlo y la familia que tenemos en Ceuta no quiere meter a mi hijo a su casa". Algunos de los que solicitaron llamar a su familia colgaban cuando escuchaban la voz de quien contestaba. "No puedo hablar con mi padre, necesito que conteste mi madre", explicó uno de los chicos con las pocas palabras de español que sabía. Seis chicas adolescentes se pusieron de pie para pedir ayuda y separarse de la docena de varones que las acompañaban. Dos de ellas consiguieron sacar los contactos de sus familiares de sendos iPhones que estaban a punto de perder toda la batería. Tras hablar con sus respectivas familias, me pidieron que les compartiera la ubicación para así recibir provisiones de algún familiar, amigo o conocido que pudiera y quisiera asistirlas. Hubo algunas a las que nadie les contestó la llamada. Inmigrantes descansan en territorio español durante la crisis migratoria de Ceuta. (Pedro Pascual) La mayoría pedían agua constantemente para sofocar el calor húmedo de la ciudad, pero apenas conseguían al no haber negocios abiertos. El VIPS local era uno de los pocos restaurantes que continuaban prestando servicio, pero solo después de asegurar su entrada principal con cadenas y habilitar una alternativa por el hotel contiguo. Se corrió la voz entre los periodistas y varias corresponsalías enteras de medios extranjeros hallaron ahí su fonda. Encontrar comida ha sido un auténtico calvario este viernes para muchos periodistas y otros visitantes de la ciudad. El dinero no valía para nada porque apenas se podía comprar algo con él. El denominador común en los escasos comercios que aún funcionan consiste en aparentar que están cerrados. "Nadie quiere líos con la que se puede liar en la noche", comenta un barrendero a este diario. "Cuando estos chicos empiecen a sufrir el hambre, es posible que se desate el vandalismo por todos lados". Mientras la tensión comienza a bajar poco a poco en las calles de la ciudad, algunos vecinos se mantienen recelosos con la muchedumbre que todavía deambula. Rifhat El Boudaly, un joven vecino de la Plaza de los Reyes, salió temblando por la puerta del edificio de unas amigas. A su alrededor había entre 30 y 40 inmigrantes, gritando por comida y agua, que querían entrar al edificio. Esa puerta era la manera que varios marroquíes residentes en la ciudad encontraron para mantener a raya a sus compatriotas sedientos, pero en cuanto se corrió la voz, se armó el lío que requirió la intervención de la Policía Local. Un niño cruza a Marruecos, ayudado por un soldado español durante la crisis migratoria de Ceuta. (Pedro Pascual) "En mi calle no hubo líos, pero ya ves cómo le va a esta zona", explica El Boudaly, de tan solo 18 años. "Da mucho miedo porque vas por la calle y no sabes lo que te pueden hacer. Todo está cerrado y no es para nada agradable. Un grupo de estas personas le pagó a unos vecinos míos que viven justo debajo de mi casa para que los ayudaran y les dieran de comer. Eran alrededor de 20 y, cuando la policía se enteró y fue a por ellos, casi todos escaparon menos un niño que se encontraba muy débil. A otra amiga se le colaron en la azotea de su casa y, cuando llamó a la policía, atemorizada, tardaron un montón en ayudarla. Esto es una emergencia nacional. El Gobierno debería mover ficha y mandar apoyo para que se haga algo". Otros ceutíes no renuncian a sus ratos de veraneo y en cierta medida se comportan como si no hubiera pasado nada. María Isabel Hidalgo se siente muy afectada y tilda de absurda esta especie de "pequeño confinamiento" que todos sus familiares y amigos están practicando estos días. "Es lamentable que no podamos ejercer nuestros derechos por la invasión que estamos sufriendo, pero yo intento hacer mi vida normal", comenta, mientras se alejaba de su casa para ir a bañarse a la playa. "A mí no me detiene nadie y después de bañarme ayer vine a la plaza a manifestarme en contra de lo que estamos viviendo. Esto que ha hecho el Gobierno hoy ha sido un parche, pero no una solución. Sánchez ha venido al postureo y se dio media vuelta como si nada. Para mí, él no vale una puta mierda". Un cordón de seguridad para que no salieran del agua El barrendero consultado por este diario explicó que su trabajo y el de sus compañeros del centro de la ciudad se ha multiplicado entre un 50% y un 70% debido a la llegada masiva de inmigrantes. Todos los desechos que generan estos jóvenes terminan en sus manos, pues, al estar todo el tiempo en la calle, los inmigrantes llegan a hacer hasta sus necesidades en los espacios públicos. Este incremento de trabajo lo han enfrentado con el mismo personal de siempre e incluso menos, debido a los colegas que están de vacaciones de verano. Disturbios en territorio marroquí durante la crisis migratoria de Ceuta ayer por la mañana. (Pedro Pascual) "Normalmente, aquí en el centro no hay casi nada de basura", explica el joven que saludaba a los pocos vecinos que salían de sus casas sobre las seis de la tarde. "Hemos pasado del típico par de latas y colillas a llenar los carros con toda la ropa y los zapatos que han ido dejando estos chavales por doquier. Además de que esto es muy peligroso, porque aquí a mi compañero ayer le tiraron una botella a la cabeza que logró esquivar de milagro. Parece que el ambiente mejora, pero en realidad los han echado del centro para que todo esté más bonito, mientras las barriadas de la periferia siguen petadas". A varios kilómetros del centro, en la frontera del Tarajal con Marruecos, la basura sigue inundando la playa y la avenida, a lo largo de la duna. Allí el ambiente sigue tenso, pero mucho menos que en la mañana de este viernes, cuando el flujo migratorio era desproporcionadamente grande desde Marruecos. Ahora una enorme columna humana de jóvenes ya no canta vítores a España, sino a su país. Regresan muy sedientos y parando cada dos por tres para estirar la mano y pedir agua a todo el que se cruce en su camino. Como apenas había gente entrando desde Marruecos, el Ejército español aprovechó para cercar en la playa a los pocos que se atrevían a cruzar el espigón. La idea era que no salieran del agua y, por eso, desde las dos y media del mediodía de este viernes, varios colegas se reunieron en torno al operativo para contar cómo se contenía a un grupo que fue creciendo poco a poco con la llegada de niños y adolescentes marroquíes. Porra en mano, oficiales de la Guardia Civil completaban un cordón de seguridad que devino en un dilatado pulso con los inmigrantes. Si gritaban o se movían demasiado por la sed y el hambre que llevaban horas sufriendo de cara al sol, los agentes les advertían que no podían salir del agua. En ese tira y afloja pasaron varias horas hasta que, a las ocho y media de la tarde, los agentes depusieron el cerco y los jóvenes entraron a territorio español corriendo y gritando eufóricos, según ha podido saber este diario. Zapatillas, sudaderas, calcetines y camisetas permanecían dispersos por toda la playa mientras sus antiguos dueños han tomado generalmente tres rumbos. Vuelven a Marruecos, se dispersan por la ciudad como pueden o suben a las colinas y montes que rodean Ceuta. En estos últimos escenarios se dejaban ver muchos que se despedían de los compatriotas que regresaban a Marruecos por la Avenida Martínez Catena. Las elevaciones llenas de vegetación colindaban con la avenida y a menudo se producían muchas despedidas. Unos se quedaban para intentar sobrevivir y los otros volvían para empezar de nuevo.