Cada mañana que sucedió a la del 19 de enero de 1984, las cabras de Emilio Garcés aparecían en Jánovas. Ellas solas recorrían los ocho kilómetros de pista que separaban su nuevo asentamiento en Campodarbe del pueblo donde las habían criado. Y allí se quedaban hasta que Emilio bajaba a buscarlas.Publicidad—Volvían todos los días.—¿Por qué? ¿Por instinto?—No lo sé. Pero volvían.La expropiaciónEn 1961, el Estado anunció la expropiación forzosa de Jánovas –un pueblo de la comarca del Sobrarbe, en Aragón– obligando a los vecinos a vender sus casas y tierras a la empresa privada Iberduero para la construcción de un pantano que había sido declarado de utilidad pública, a pesar de que ni el Estado ni la compañía eléctrica tenían clara su rentabilidad. La directriz era muy clara: cada una de las 42 familias que conformaban Jánovas debía llegar a un acuerdo con Iberduero y abandonar su casa. De no hacerlo, se procedería a la demolición. La resistencia de los vecinos y la carta blanca que la Administración había otorgado a Iberduero para gestionar el desalojo derivó en una situación de intimidación, violencia y presión a la que en Jánovas califican hoy de “terrorismo de Estado”.Un día de 1963, Iberduero dinamitó tres casas sin haber llegado a un acuerdo con sus propietarios. Las mujeres de los empleados de la compañía subieron con sus hijos al alto de Jánovas para contemplar el espectáculo de demolición mientras los vecinos se refugiaban de la tormenta de piedras en el salón de baile. Al denunciar los hechos, paró la dinamita, pero siguieron las presiones. En mayo de 1965, un empleado de la compañía eléctrica (Jesús Alonso González) tiró de una patada la puerta de la escuela, irrumpió en clase, agarró a la maestra del pelo y la arrastró hacia la salida: “¡Aquí no va a haber más escuela!”.Poco a poco, las familias fueron cediendo hasta que en 1969 todas ellas habían entregado sus casas y marchado del pueblo. Todas menos una: los Garcés-Castillo. Emilio y FranciscaEmilio Garcés y Francisca Castillo resistieron ante las presiones de Iberduero y permanecieron en Jánovas con sus seis hijos. Según el acuerdo de expropiación, podían trabajar sus tierras hasta la primera inundación, y así quisieron hacerlo. Sabían que acabarían teniendo que irse, pero también que lo harían con el agua en los zapatos. PublicidadDurante 18 años vivieron completamente solos, con acceso restringido a servicios básicos y rodeados de escombros. “Mi padre, mis hermanos y yo nos íbamos a trabajar durante el día, y mi madre se quedaba sola en el pueblo”, cuenta Jesús Garcés, hijo de Emilio y Francisca. “Le hicieron todo tipo de putadas. Aprovechaban que se quedaba sola para asustarla”.Una mañana, Francisca estaba cruzando el río que separa el pueblo de la carretera. Los empleados de Iberduero pusieron dinamita a cada extremo del puente y empezaron a gritar: “¡Fuego! ¡Fuego!”. Francisca se echó al suelo y trató de protegerse. “Si hubiera tenido una escopeta se los hubiera cepillado a todos”, dice Jesús.PublicidadEl 19 de enero de 1984, la Guardia Civil se presentó en casa de los Garcés-Castillo: o se arreglaban con Iberduero de una vez por todas o serían desahuciados a la fuerza. Esa misma noche, cogieron sus enseres y se marcharon a Campodarbe, a pocos kilómetros de Jánovas, donde se les había adjudicado un alojamiento. Al llegar al pueblo vecino, vieron que el lugar que les habían prometido estaba ya ocupado: “Nos han vuelto a engañar”, dijo Francisca. Emilio bajó de vuelta a Jánovas hecho un basilisco para darse de bruces con su casa ya caída. Ni una hora habían tardado en reducir su hogar a escombros. Igual que sus cabras, los Garcés-Castillo han pasado cada uno de los días que sucedieron a aquel 19 de enero de 1984 buscando el camino de vuelta a Jánovas. Y, junto a ellos, tantísimos otros vecinos.Jánovas, un canto de resistenciaLlegó la década de los 90, Jánovas llevaba años vacía y el pantano seguía sin hacerse. Al dolor de aquel destierro se le sumaba la impotencia de pensar que había sido en vano y la amenaza de otros tres proyectos hidráulicos que acechaban el Pirineo: Santaliestra, Biscarrués y el recrecimiento de Yes. Ante el terror de que se los llevase el agua, Jánovas se convirtió en un símbolo de resistencia para el resto de pueblos. “Toda la montaña se levantó como no lo había hecho nunca”, cuenta Manuel Domínguez (letrista, compositor y fundador de La Ronda de Boltaña). “Aquí empezó algo muy fuerte, el movimiento por la dignidad de la montaña”. En esa movilización social tuvo un papel muy importante la poesía. “Había muchos argumentos muy claros para parar esto que tenían que ver con lo político, lo económico, lo medioambiental... Pero de fondo estaba también la cuestión emocional: el duelo, el arraigo, la autoestima, la identidad…”, explica Manuel. Y ese fue el papel principal que adoptó La Ronda de Boltaña. Ya en los años 70 José Antonio Labordeta había sido el primero en cantar a la injusticia de los pantanos con Carta a Lucinio:Algunas veces pienso ir al pantanoy cuando esté bien lleno tirarme dentro y hundirme a estar contigo como hace tiempo Una mañana del agitado verano de 1995, pensando en sus vecinos de Jánovas, Manuel Domínguez se despertó con una idea en la cabeza. Imaginó un naufragio, vio que el pantano era un mar y las casas barcos veleros. Así compuso Habanera triste: PublicidadQuien me iba a decir a mí que soñaba con el marque en un maldito pantano ¡ay ay ay!mi casa iba a naufragarA Jánovas digo adiós, a Lavelilla y LacortAdiós barquitos hundidos, adiósmi pobre país, adiós. La canción se convirtió rápidamente en el himno de esta causa y aún hoy sigue sonando con fuerza en fiestas, actos y manifestaciones para recordar lo ocurrido entonces y seguir defendiendo la dignidad de la montaña en sus amenazas actuales. La sentencia finalEn 1998, nació la Asociación Río Ara con el objetivo de impedir definitivamente la construcción del pantano en Jánovas y parar el resto de proyectos que acechaban en el Ara, el último gran río pirenaico sin regular por embalses. La Unión Europea exigía un informe de impacto medioambiental positivo para dar luz verde al proyecto, pero no llegaba. Aquel mismo verano, la ministra de Medio Ambiente del Gobierno del PP, Isabel Tocino, hizo una visita oficial al parque Nacional de Ordesa y Monteperdido. José Mari Santos, presidente de la asociación, y otros vecinos de Jánovas aprovecharon la ocasión para manifestarse. La ministra y el secretario general de Medio Ambiente, Juan Luis Muriel, se acercaron a ellos, los escucharon y recogieron los documentos que los vecinos les presentaban.PublicidadEn el programa de Salvados que Jordi Évole dedicó a Jánovas en 2015, José Mari Santos contaba que aquel día Juan Luis Muriel les prometió que firmaría el informe que elaborasen los técnicos, fuera positivo o negativo. Entonces ocurrió lo inesperado: aquel político cumplió su palabra.Los técnicos del Ministerio tuvieron claro desde el principio que allí no podía hacerse un pantano. En el año 2000, con todas las presiones políticas y económicas de frente, Muriel firmó el impacto de medio ambiente negativo. Tardó un año en publicarse en el BOE pero, finalmente, aquel papel acabó impidiendo definitivamente la construcción del pantano de Jánovas.Fue la primera vez en la historia de España que se paralizaba la construcción de un embalse por una declaración de impacto medioambiental negativa. Juan Luis Muriel perdió su trabajo al poco tiempo de publicarse el informe. La reversiónCasi cuarenta años después, los vecinos de Jánovas podían volver a su pueblo. Pero había un problema: todas las casas eran propiedad de Eléctricas Reunidas de Zaragoza (compañía que formaba parte de Endesa y a la que Iberduero había cedido la concesión), por lo que las familias debían comprar sus casas de vuelta.PublicidadLa ley de reversión establecía que, para recuperar sus propiedades, los antiguos propietarios debían devolver la indemnización recibida en los años 60, actualizada. Por lo que Endesa pedía el valor actualizado aplicando el IPC acumulado durante casi cincuenta años. Como resultado, los vecinos debían pagar entre 30 y 34 veces más de lo que ellos habían recibido en su día por sus casas, pero para recuperar las ruinas.En 2011 el Ministerio de Medio Ambiente comunicó a Endesa que debían empezar a cerrar el acuerdo con los vecinos de Jánovas y que las casas debían valorarse como lo que eran: edificaciones en ruinas. La compañía pidió a los vecinos que enviasen la documentación pertinente por carta certificada. No había forma de reunirse con ellos en persona. Todo era lento.En una larga charla de sobremesa veraniega, la tarde del 12 de agosto de 2013, un grupo de vecinos tuvo una idea: “¿Y si empezamos? ¿Y si nos ponemos nosotros a levantar la escuela? Así, a la brava”.PublicidadSabían que hacerlo era un delito, pero preferían que les denunciaran y se movieran las cosas, a seguir sumergidos en la espera eterna de los procesos burocráticos. El plan funcionó. La semana siguiente apareció la Guardia Civil y les puso tres denuncias: una por allanamiento de la propiedad privada, otra por falta de licencia de obra y otra por abandono de escombros. Las denuncias se quedaron en nada y las conversaciones con Endesa empezaron a avanzar. Finalmente, alcanzaron un acuerdo: Los vecinos podrían recuperar las viviendas por un precio simbólico de 1 euro por metro cuadrado de solar. Desde entonces, cada familia ha ido poco a poco recuperando su parte hasta que, en mayo de 2026, el 100% de la casas de Jánovas volvieron a ser propiedad de sus vecinos.El primer baileEl 26 de septiembre de 2017 Jánovas recuperó las fiestas del pueblo. Se hizo una comida popular y, por la tarde, los vecinos que se habían encargado de la reconstrucción de la escuela dieron la sorpresa al pueblo: habían terminado la obra y la fiesta continuaría en el salón de baile. “Muchos de los mayores se echaron a llorar. Estaban de nuevo en el salón de baile que los había visto crecer y al que creyeron que jamás volverían a entrar”, recuerda Óscar Espinosa, presidente de la Fundación San Miguel (encargada de la reconstrucción de Jánovas) y uno de los vecinos que ha liderado esta lucha. Le pregunto si no cree que ha sacrificado demasiado de su vida en esto. “Para mí no. Yo he estado donde quería estar”. PublicidadÓscar nació en Barcelona en 1972. Su abuelo Santiago, de Casa Agustín, tuvo que dejar Jánovas en 1965. Se mudó con su familia a la ciudad condal y, a los dos años, murió. No fue el único vecino que perdió la vida poco después de salir del pueblo. Santiago no conoció a su nieto, ni pudo verlo luchar por recuperar la vida que le habían arrebatado a él. Óscar pasó todos los veranos de su infancia junto a su familia en la única casa de Jánovas que quedaba en pie: la de los Garcés-Castillo. De la memoria de su abuelo, la resistencia de los Garcés-Castillo y el arraigo que fue echando, nació un compromiso con Jánovas –compartido con el de otros vecinos– que acabaría siendo imprescindible para su recuperación.“Pensaron que en algún momento nos cansaríamos. No esperaban que cada generación que viniera después de la expropiada siguiera luchando esto con tanta fuerza. Les descolocó”, dice Óscar. “He vivido en mil sitios, pero siempre estaba de paso, el objetivo final era regresar a Jánovas”, dice Jesús Garcés, que en 2023 se convirtió junto a su mujer, Marimar, en los primeros vecinos en retornar. La Ronda de Boltaña escribió una carta al pueblo en 1998 que empezaba así: ¿A qué sonará tu nombre dentro de unos años? ¿Qué oiremos cuando alguien diga "Jánovas"? ¿Sólo eso: “Jánovas"?Treinta años después, “Jánovas” vuelve a ser un pueblo y, para quienes conocemos esta historia, su nombre sólo puede sonar a resistencia, dignidad y memoria.
Jánovas, el pueblo arrasado por el franquismo para construir un pantano que nunca llegó
Los vecinos de Jánovas fueron expulsados de sus casas durante el franquismo para la construcción de un pantano que nunca llegó.












