Algo antes de las once de la mañana, la furgoneta de la panadería de Castromil avisa de su paso por la ZA-106 —que en otra vida fue un tramo de la N-525— a la altura del municipio de Lubián a golpe de bocinazos. Algunos vecinos comentan cómo las fiestas les complicaron el sueño. Zianny Mora tampoco ha dormido. Ha estado horneando el pan que ahora abarrota, ordenado en sus cestas, la parte trasera de la Renault Trafic que conduce su marido. “¿Qué te pongo, guapa? ¿Cocidas o blanquitas?”, despacha. El matrimonio se trasladó el año pasado del municipio oscense de Fraga a Castromil, que no llega a los 90 habitantes, en la Alta Sanabria zamorana, y en enero cogió el relevo del negocio. En verano apenas miran el reloj. Los pueblos se llenan de nuevo y las ventas ayudan a guardar para los meses en los que el frío vuelve a esta esquina de la provincia que más se despuebla.

El demográfico también es un relato de dos Españas: la vaciada y la hacinada, un fenómeno que comenzó hace más de 60 años, cuando al calor del desarrollismo millones de personas tuvieron que hacer las maletas para buscar pastos más verdes en campos de asfalto. La dictadura giró el timón y acabó con la ruralización de la posguerra y la autarquía, apuntaló la desagrarización y lo apostó todo a una industria hambrienta de mano de obra y a las actividades terciarias. “El primer cambio de nuestra economía fue muy unido al sector servicios y a un turismo que hemos venido arrastrando prácticamente hasta ahora”, cuenta por teléfono desde Soria Mercedes Molina, catedrática emérita de Geografía Humana de la Universidad Complutense de Madrid. Se impuso un modelo de crecimiento intensivo a corto plazo que se sustentó sobre la concentración, principalmente de la inversión, en la gran ciudad.