Actualizado Viernes,

julio

00:44Alberto God�n se�ala con el dedo las 25 hect�reas de garbanzos que tiene justo en frente. Le pertenecen a �l y a su hermano, que comparten negocio en la localidad madrile�a de Daganzo de Arriba. Permanecen totalmente secas mientras la maquinaria est� parada. Las restricciones impuestas por el riesgo extremo de incendios le obligaron a tener que aplazar el trabajo en unos d�as decisivos para el campo. "Hay gente que vivimos de esto", resume, mientras trata de mantener a flote un negocio que recibi� tras el fallecimiento de su padre.Desde entonces ambos han seguido con una actividad que, asegura, cada a�o resulta m�s dif�cil sostener. A los costes habituales se han sumado ahora nuevas limitaciones que, a su juicio, vuelven a situar al agricultor en el centro del debate sobre los incendios. "Las decisiones son un poco... Siempre salimos perdiendo y las consecuencias para el campo son tremendas".Alberto no cuestiona que haya que extremar las precauciones, pero s� que rechaza que el foco se sit�e �nicamente sobre aquellos que d�a a d�a trabajan la tierra. "El Ministerio del Interior nos ha se�alado claramente y nos ha puesto en el disparadero. El discurso al final cala y la gente se lo cree", afirma con gesto serio, asumiendo que la imagen que se traslada del sector es injusta. "Cuando hay un fuego y no es agr�cola no se dice nada la mayor�a de las veces. Si es un fuego provocado por una cosechadora, eso s� lo dicen".Tras toda una vida dedicada a la agricultura, Alberto asegura que el endurecimiento de las condiciones est� provocando que desaparezcan m�quinas. "Eso es una realidad", describe, adem�s de explicar lo complicado que es mantener una explotaci�n agr�cola, la cual exige asumir inversiones millonarias mientras la rentabilidad disminuye a�o tras a�o.Caminando entre plantas de garbanzo secas, Alberto muestra su indignaci�n ante algunas de las propuestas que no para de escuchar desde fuera del campo. Hace apenas unos d�as ley� una recomendaci�n para adelantar las siembras y cosechar antes, evitando as� los meses de mayor riesgo. Todav�a sonr�e con incredulidad. "�Pero qu� es esto, una f�brica de coches, una f�brica de tornillos?". La agricultura, insiste, no funciona con un calendario fijo. Los garbanzos se siembran alrededor de San Jos�, en marzo, y se recogen a finales de julio o principios de agosto. Despu�s, el que manda es el tiempo. "Este a�o ha venido muy caluroso y est�n secos antes", afirma.Alberto Godin, agricultor de garbanzos que ha perdido su cosecha tras la prohibici�n de utilizar maquinaria pesadaMUNDOPero tambi�n echa la vista atr�s, trayendo al recuerdo im�genes de cuando era ni�o. Las campanas del pueblo avisaban de los incendios y los vecinos acud�an con tractores para abrir cortafuegos y ayudar a contener las llamas. "Sal�a todo el pueblo", dice, observando c�mo lo rural se vac�a poco a poco. "�Por qu� est�n los montes descuidados? Porque la gente... �Qui�n va con unas cabras al monte si la carne que produces no la quiere nadie?".Ese abandono tambi�n tiene consecuencias. Cree que el peque�o y el mediano agricultor van a acabar desapareciendo. "Yo creo que no quieren destruirnos. Quieren que nos quiten de en medio y que entren los grandes", lamenta, dibujando un presente y un futuro "muy desalentador".Mientras habla, Alberto no dejaba de fijar sus ojos en el campo. Sabe que, una vez levantadas las restricciones, tiene que subirse a la cosechadora porque no tiene otra alternativa. Pero reconoce que hace tiempo dej� de pensar en positivo y que es impensable que la siguiente generaci�n contin�e con la explotaci�n. "No vamos a poder vivir de esto. Es una desesperaci�n muy grande", admite. Su hermano tiene dos hijos y, lejos de desear que sigan el camino familiar, espera "que no caigan en esto".Alberto Godin, agricultor de garbanzos que ha perdido su cosecha tras la prohibici�n de utilizar maquinaria pesadaMUNDODespu�s guarda silencio unos segundos y lanza una �ltima frase, mitad broma, mitad realidad: "A ver si nos ofrecen placas solares". Pero Alberto vuelve enseguida a mirar el campo y a sus hect�reas de garbanzos. La conversaci�n termina con la sensaci�n de que el problema ya no son solo unos d�as sin poder cosechar, sino la p�rdida de confianza en un oficio que hered� junto a su hermano tras la muerte de su padre y que ahora ve cada vez m�s dif�cil de sostener.Despu�s de a�os encadenando costes, restricciones e incertidumbre, Alberto ya no habla de sacar adelante lo que ha marcado su vida, sino simplemente de resistir. Ni siquiera est� seguro de que eso siga siendo posible para quienes, como �l, eligieron vivir exclusivamente de la agricultura.