“La naturaleza dio a [la comarca de] A Limia todos los elementos para su riqueza y bienestar”, adoctrinaba en 1831 Juan Manuel Bedoya, canónigo cardenal de la catedral de Ourense. “Tantas ventajas naturales reclaman altamente los auxilios del arte para remover el único obstáculo que hace siglos se opone a su opulencia”, continuaba argumentando el religioso. “Este es el grande y pestilente charco de la laguna Antela, enemigo declarado de la industria agrícola, de la granjería pecuaria y de la misma humanidad… Despide vapores fétidos y mortíferos que vician el ambiente… inmundo, inútil y nocivo charco, germen de podredumbre y mortandad", clamaba subiendo el tono el sacerdote. Después de despac...
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harse a placer, Bedoya dejaba una pregunta suspendida en el aire, en su campaña de excomunión del humedal y en pro de la desecación y el aprovechamiento agrícola del terreno: “¿Ha de ser tan adversa la suerte de A Limia, que le esté cerrado para siempre el paso a los campos de su felicidad por la triste agua de esa laguna aborrecida?“.
El sueño del cardenal de acabar con Antela, que compartían prebostes locales y gobernantes ilustrados (y en realidad ya venía heredado de tiempos de los romanos), se cumplió, tras sucesivos proyectos fallidos de empresarios particulares, más de un siglo después. Fue en septiembre de 1958, hace ahora 67 años, cuando comenzaron las obras a cargo del Instituto Nacional de Colonización para exterminar de una vez por todas esta masa de agua de unos siete kilómetros de largo por seis de ancho, entre cinco ayuntamientos de Ourense. La operación costó al menos 108 millones de pesetas de la época. Junto con la Lagoa (Laguna) de Antela, el mismo régimen que autorizaba a las hidroeléctricas inundar profundos valles habitados ordenaba desecar varios enormes humedales, hábitat de especies que se extinguieron en España.







