Actualizado 25/07/2026 - 01:33h.
Pura paradoja lo que percibo en la última película de Nolan. Me hago cargo de la espectacular gramática visual, pero estoy todo el rato sintiendo que falla algo, que me araña una interferencia. Y trato de definirla, aunque me resulta difícil. Cuando Nolan confía en ... el relato homérico funciona del todo: la entrada en el Hades, la inverosímil maniobra del caballo, las escenas con Polifemo..., pero cuando trata de ponerle notas contemporáneas, en ocasiones, parece que se olvida del material que maneja. Odiseo explicando la música de las sirenas es el ejemplo, cierto rasgo freudiano que acompaña a su memoria como síndrome de abstinencia del loto, y sobre todo Circe, convertida en una bruja de Salem, entre panteras y tigres de bengala que parecen rebuscados en un banco de imágenes y quedaban pintones. También veo grandes aciertos: cómo ha cosido la Odisea con la historia del colapso de la Grecia micénica y cómo va convirtiéndonos a todos nosotros, los de entonces, que ya no somos los mismos, en 'oi barbaroi. Lo que menos me molesta es el casco de Agamenon, la Helena sacada del 'Cantar de los cantares' y todas las polémicas de literalidad idiota. Penélope y Antínoo, perfectos. Pero la construcción de un Menelao como del Bronx me decepciona. Donde Nolan deja que el inconsciente colectivo contemporáneo norteamericano, si eso existe, cambie los hexámetros por el 'moon walk' mental, se pierde. Cuando se entrega a la grandeza del relato, todo lo que suma, sin embargo, es monumental.















