24 de julio, 2026 - 07h52Esperé todo el año el estreno de La odisea. He disfrutado los filmes de Christopher Nolan, autor de obras magistrales como Oppenheimer e Interestelar. Esta no se queda atrás: es una extraordinaria película que justifica la experiencia de volver al cine. Su escala y la fuerza de sus imágenes hacen que el viaje se sienta real. Nolan presenta a Odiseo como un hombre vulnerable y agotado que intenta volver a casa. Pero, más allá de su espectacularidad, me cautivó la idea que ha mantenido viva esta historia por siglos: necesitamos algo que dé sentido al viaje cuando el camino parece imposible. Para Odiseo era Ítaca, su hogar. Allí lo esperaba Penélope y la vida que había dejado atrás. Lo que daba sentido a su existencia.Odiseo estuvo 20 años lejos de Ítaca: 10 combatiendo en Troya y 10 intentando regresar. Navegaba para recuperar aquello que era importante para él. Pero La odisea no es solo la historia de un hombre que persigue un destino. Es también la historia de un hombre transformado por el camino.Ítaca le da sentido al viaje. El viaje transforma al viajero. Necesitamos un destino que dé sentido a nuestros esfuerzos y un camino que nos obligue a crecer. Sin Ítaca no hay razón para emprender el viaje. Sin el viaje no hay transformación. Por eso, Ítaca terminó convirtiéndose en una metáfora universal. Todos tenemos una aspiración, una causa, una vida que queremos construir. Cuando sabemos qué queremos recuperar o construir, incluso el sacrificio adquiere sentido.En eso consiste también la estrategia: saber hacia dónde queremos ir. No para seguir una ruta rígida, sino para reconocer qué decisiones nos acercan y cuáles nos desvían. Odiseo cambió muchas veces de camino, pero nunca cambió de destino. El viaje, en cambio, fue el que lo puso a prueba. Tuvo pérdidas, tentaciones y errores. Tras vencer al cíclope Polifemo reveló su identidad, provocando la ira de Poseidón, y volvió aún más difícil su regreso. Sin embargo, sus pruebas más decisivas no siempre fueron los monstruos. También tuvo que resistir el poder, el placer, la comodidad y el olvido. El mayor peligro no era únicamente perder la vida, sino olvidar por qué había comenzado el viaje. Tuvo que resistir, corregir y aprender. Por eso, no regresó siendo el mismo hombre que había partido. Las pruebas no solo demoraron su llegada. También cambiaron su manera de comprenderse a sí mismo.Emprendemos el viaje para alcanzar un destino, pero muchas veces el verdadero logro consiste en convertirnos en la persona capaz de llegar. Hay momentos en los que sentimos que Ítaca se aleja. Entonces conviene recordar que una tormenta no es el final del viaje. Nuestra Ítaca nos ayuda a resistir y a no perder el rumbo. Por eso, cuando sentimos que atravesamos nuestra propia odisea, esta historia adquiere un sentido especial. Nolan volvió a sorprenderme. Salí del cine impresionado por la película: su espectacularidad, su música y las actuaciones del elenco. También me quedé pensando en las dos preguntas que acompañan toda vida con sentido: ¿cuál es nuestra Ítaca?, ¿y en quién nos estamos convirtiendo mientras intentamos llegar? (O)