Los grandes éxitos deportivos rara vez se circunscriben a la esfera estrictamente deportiva. Se convierten en relatos compartidos, en momentos que condensan un modelo de convivencia. La victoria de España frente a Argentina para conquistar su segundo Mundial pertenece a esa categoría de acontecimientos: este conjunto no solo ha ganado un campeonato, sino que ha contribuido a redefinir una identidad nacional más abierta e integradora.

El paralelismo con 2010 resulta inevitable. Aquel equipo conquistó el primer Mundial apenas unas semanas después de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. El país se adentraba entonces en una crisis política que marcaría buena parte de la década siguiente. En ese contexto, los internacionales ofrecieron una imagen de cohesión que las instituciones eran incapaces de transmitir. Xavi, Puyol, Iniesta, Piqué, Casillas, Xabi Alonso o Villa proyectaban una comunidad transversal cuando el debate público empezaba a fracturarse alrededor del modelo de Estado.