Lo estamos pasando en grande. Tenemos la suerte de que unos chicos saben mover un balón y, además, queremos verle un sentido, mirar más allá y llevarnos al cuerpo una alegría descomunal de país, de patria invencible, de orgullo vibrante por hacer maravillas en el césped. La gloria, la victoria, la euforia están cerca y nos encanta porque todas ellas nos procuran emociones positivas, nítidas. Pero hay más. Las crónicas de estos días rezuman valores nacionales mucho más allá de la capacidad de los jugadores para acertar un penalti o correr para lograr goles. Si juega Francia está jugando su grandeza nacional, su toma de la Bastilla y los valores republicanos que quisiéramos se mantuvieran vivos. Si juega Cabo Verde es David contra Goliat. Si Argentina vence a Inglaterra pensamos en las Malvinas y en el deterioro del viejo imperio más allá de las patadas en el césped.La semifinal de Francia coincidió con su Fiesta Nacional —bravo motivo de orgullo— pero, ahora que se acerca la final, preferiríamos esconder la única aportación de España al calendario, ya que hoy se cumplen 90 años del alzamiento que provocó la Guerra Civil y la larga dictadura. Y aquello parece estar lejos, pero en realidad sigue presente.La palabra España sigue dando alergia a muchos, como la bandera y el himno, por culpa de un régimen que la malgastó, tergiversó y manipuló para hablar de un país en el que la mitad no estaba invitada. Franco se apropió de España y, durante la democracia, la denominación “Estado español” se ha superpuesto en muchas bocas.España es por ello un país anómalo que sigue herido, maltrecho, que no digiere bien lo que nos une y sí los mensajes divisivos, excluyentes, vengan por la vía de los independentismos o de la extrema derecha, que sabe que el terreno es fértil para el odio. Porque lo hubo con creces. La misma palabra se nos atraganta a muchos por todo el dolor y sangre que supuso.Y, sin embargo, ahí estamos. Orgullosos de nosotros en cuanto salimos al mundo. Sabedores de que nos divertimos como nadie, nos defendemos en la vida y en sus vicisitudes con todo el apoyo de lo público y de la familia como en ningún sitio. De que acogemos, nos queremos y protegemos de fábula. Y de que un puñado de chicos de todas los colores, mal que les pese a algunos, saben mover el balón. Por ello, admitamos todos que nadie gritará mañana “¡Viva el Estado español!”. Sino España. Y que gane y viva siempre. Suerte a esos chicos, que las chicas ya nos dieron alegrías.
¿¡Viva España!? ¿¡O viva el Estado español!?
Durante décadas la palabra se nos atragantó porque somos hijos del franquismo, que se la apropió, pero hoy podemos estar orgullosos













