Hoy estaré en la plaza de mi pueblo de adopción viendo jugar a España, celebrando cada gol de los nuestros… y comiéndome las uñas. No porque sea fútbol, sino porque es plaza.
Lo veré para pasar un buen rato. Una de las escasas ventajas del nacionalismo es que te permite, con poco esfuerzo, disfrutar del buen trabajo de otros. Veo jugar de forma magistral a nuestro equipo y me siento orgullosa. Además, me sale muy barato. También me siento muy satisfecha de los libros que he publicado, del hijo estupendo que he criado, pero dios mío, cuánto cuesta escribir un libro y criar a los hijos. En cambio, qué fácil es ver un partido de fútbol. Lo sé, no es el mismo tipo de satisfacción, pero en la variedad está el gusto. Como espectadora, compro alegría a precio de saldo.












