No voy a hablar de tácticas, alineaciones ni quién juega mejor. No soy la indicada. Pero hay algo en esta final del Mundial que trasciende cualquier análisis deportivo. Algo que, como psicopedagoga y observadora de la conducta humana, me obsesiona.

Argentina y España se enfrentan mañana. Pero, en realidad, el verdadero partido ya comenzó hace semanas, en cada bar, en cada casa, en cada pantalla encendida. Y este partido no se juega con la pelota: se juega con la necesidad de encontrarnos.

Vivimos en la Argentina de las grietas profundas, de los desencuentros cotidianos, de las crisis que parecen no tener fin. La bronca, el cansancio y la desconfianza suelen ser el clima de fondo en nuestras conversaciones. Y, sin embargo, cuando el himno suena o cuando un pase de Messi atraviesa una defensa, por un instante, las grietas se cierran. No porque los problemas desaparezcan, sino porque algo más grande los desplaza: la necesidad de ser parte de un “nosotros”.

El fútbol, en ese sentido, no es solo un deporte. Es el evento mediático global más importante de la historia de los medios. Cada Mundial supera en audiencia al anterior, sistemáticamente. Pero más allá de los números, lo que realmente importa es lo que ocurre en el tejido social: millones de personas que, durante 90 minutos, sincronizan sus latidos. Y eso, querido lector, no es magia: es neurociencia pura.