Personalmente, amo el fútbol. Reconozco que disfruto mucho de la alegría que representa ver un partido, del sentido de pertenencia cultural que implica cantar un himno nacional antes de un juego. Amo la pasión de un coach desde afuera liderando un grupo de 11 humanos que quieren ganar o ganar.En estos días de Mundial veo cómo se están experimentando taquicardias, nudos en la garganta y lágrimas por el destino de un balón de cuero empujado por 22 desconocidos. Visto desde la mirada aislada del desapego, el fútbol parece un absurdo; visto desde adentro, es un espejo de la condición humana. Siempre he dicho que el fútbol es como la vida: a veces estás feliz creyendo que eres el más grande del mundo y al segundo siguiente recibes un gol del contrincante en la cara. Emociones, pasiones, competencia. Eso es el Mundial.El fútbol no es un simple deporte, sino la religión laica más grande del planeta, porque toca fibras sagradas de nuestra psicología que ninguna otra actividad logra rozar. Hace unos años, en México, tuve que ver el famoso partido que Colombia perdió con Brasil en el Mundial 2014 (donde sí era gol de Yepes), junto con brasileros y franceses. Recuerdo que lloré con el corazón en la mano mientras mis hijos, aún chiquitines, lloraban todavía peor en Colombia. Alguien me dijo: “No llores, es solo fútbol”. Le dije, con un poco de inadecuada altanería: “No, no es solo fútbol. Era una ilusión muy grande” (perdón, Sonia).Y es que, en primer lugar, el fútbol opera como el último gran conector social en una época donde la hiperconectividad digital paradójicamente nos aísla. El ser humano tiene una necesidad neurobiológica de pertenecer, de formar parte de una tribu, y la camiseta es el uniforme que borra las diferencias individuales para dejarnos pensar que somos un solo objetivo.En la grada de un estadio o frente a la pantalla, no importan la clase social, la postura política ni los ingresos; se comparten el mismo código, el mismo miedo y la misma euforia con el desconocido de al lado. El juego nos devuelve la experiencia primitiva de la comunidad y el alivio profundo de saber que no estamos solos en el mundo. Para mí, es el mejor ejemplo de que hay cosas que definitivamente pueden unirnos.A esto se suma que el fútbol funciona como una gran válvula de escape emocional, una zona de tregua en una cultura que nos exige constante contención, productividad y equilibrio. Un televisor se transforma en un espacio de impunidad psicológica, el único lugar donde a un adulto se le permite llorar de frustración, abrazar a un extraño, gritar de júbilo hasta quedarse sin voz o rezarle al cielo sin ser juzgado.El fútbol no genera esas emociones desde la nada: simplemente abre las compuertas para que saquemos todo.Esa marea emocional se intensifica debido a la absoluta imprevisibilidad del juego. Mientras que la vida cotidiana es una rutina predecible de causas y efectos, el fútbol es el reino de la suerte y la incertidumbre.Se puede tener al mejor jugador del planeta, el presupuesto más alto y la táctica perfecta, y aun así perder en el último suspiro por un desvío milimétrico. Esa vulnerabilidad ante lo inesperado activa nuestros circuitos cerebrales y nos mantiene al borde, porque nos recuerda una verdad incómoda que intentamos olvidar: no tenemos el control de nada. Y aquí radica el encanto.Al final, la pasión del fútbol es también un pacto de lealtad con nuestro niño interior y un viaje directo a la infancia. Este amor casi nunca se elige desde la lógica adulta, sino que se hereda en los abrazos de los padres, en los domingos compartidos y en los primeros partidos en la calle.Cuando juega nuestra selección, no solo juegan 11 atletas en la cancha; juegan nuestra propia historia, la memoria de los que ya no están para ver el partido con nosotros y los recuerdos de cuando el mundo era más simple. Por eso, mientras nos preparamos para el pitazo inicial, lo más sensato es abrazar esa locura y no buscar explicaciones racionales a un fenómeno que es puramente emocional.El fútbol nos apasiona porque, durante 90 minutos, nos obliga a recordar lo que se siente estar profundamente vivos. ¡Gracias, chicos!, ¡gracias, la Sele!