Hay momentos en los que un país entero parece caber en un grito. No en una Constitución, no en un discurso oficial, no en una ceremonia solemne, sino en algo mucho más simple y, por eso mismo, más poderoso: un gol. Cuando México gana, aunque sea por unas horas, la vida cotidiana se suspende. La oficina se vuelve estadio; el restaurante, grada; la sala familiar, plaza pública; la banqueta, tribuna improvisada. Un desconocido abraza a otro desconocido. Alguien que jamás habla con el vecino le pregunta cómo va el partido. Las diferencias que normalmente organizan nuestra vida —la clase social, el trabajo, el apellido, la colonia, la apariencia, la edad— se vuelven menos importantes frente a una emoción común. No es que el fútbol borre las desigualdades del país. Sería ingenuo pensarlo. México no deja de ser un país atravesado por la inseguridad, la corrupción, la violencia, las desapariciones, la precariedad o la desconfianza institucional porque su selección gane un partido. Pero durante noventa minutos, y a veces durante varias horas más, esa realidad parece quedar cubierta por una emoción común. No desaparece: apenas se repliega. La euforia funciona como una tregua simbólica. Todos miramos hacia el mismo lugar. Todos esperamos lo mismo. Todos sufrimos el mismo tiro al poste y celebramos el mismo balón que entra. En un país acostumbrado a fragmentarse, el fútbol produce una ilusión poderosa: la de reconocernos, aunque sea por un instante, como parte de un mismo nosotros. Arnold van Gennep explicó que los ritos separan a las personas de su vida cotidiana, las colocan en un umbral y después las reintegran a la comunidad. Un partido de la selección tiene algo de ese rito. Primero viene la separación: la previa, la camiseta, la comida, las pantallas encendidas, la conversación que se genera alrededor del juego. Después llega el umbral: esos noventa minutos en los que el tiempo común se altera y el país entero parece respirar con dificultad. Finalmente viene la reintegración: la celebración o el duelo, el regreso a la calle, al trabajo, a la vida de siempre, pero con una emoción que ya fue compartida. Víctor Turner llevó esa intuición más lejos y habló de la communitas: una experiencia intensa y provisional en la que las jerarquías se aflojan y las personas se sienten parte de una comunidad inmediata, casi fraterna. Eso ocurre cuando México mete un gol. Por unos segundos nadie pregunta quién eres, cuánto ganas, de dónde vienes o por quién votaste. Basta gritar al mismo tiempo. Basta levantar los brazos. Basta sentir que, en ese instante, todos estamos del mismo lado. Esa suspensión de las diferencias no debe confundirse con reconciliación. El país no se vuelve más justo porque celebre unido. Sin embargo, la escena importa porque revela una posibilidad: México todavía puede reconocerse en símbolos comunes. En una época marcada por la sospecha, la polarización y el cansancio, no es menor que millones de personas puedan compartir una misma emoción sin necesidad de ponerse de acuerdo sobre nada más. El fútbol no resuelve nuestras fracturas, pero las ilumina desde otro lugar: muestra lo extraño que resulta vernos juntos y, al mismo tiempo, lo mucho que seguimos necesitando esa experiencia. Por eso la celebración no cabe en la casa ni en el bar. Necesita salir. Necesita hacerse pública. En la Ciudad de México, esa emoción suele terminar en el Ángel de la Independencia, como si la multitud buscara un lugar donde depositar algo que la excede. La glorieta deja de ser únicamente monumento y se convierte en plaza ritual: un altar civil donde miles de personas confirman que lo que sintieron no fue individual, sino colectivo. Van al Ángel no solo a festejar, sino a comprobar que otros están sintiendo lo mismo. Durkheim habría llamado a eso efervescencia colectiva: esa energía que se produce cuando una sociedad se reúne, actúa al mismo tiempo y se reconoce en un símbolo común. Benedict Anderson, por su parte, diría que ahí aparece con claridad la nación como comunidad imaginada: millones de personas que nunca se conocerán entre sí, pero que, por un momento, se sienten unidas por una camiseta, un himno, un escudo, una esperanza. La nación, que muchas veces parece una abstracción jurídica o una palabra desgastada por la política, se vuelve cuerpo, garganta, piel, lágrimas, salto, abrazo. Únete a nuestro canal