Juan Villoro escribió en Dios es redondo que las ligas y los mundiales de futbol crean una ilusión de regularidad y prometen la dicha a plazos. Esta frase encierra una verdad que se comprueba cuando miles de personas suspenden sus preocupaciones y ocupaciones para entregarse a esa especie de ritual compartido. Algo parecido observó Eduardo Galeano en El futbol a sol y sombra. Para él, cada partido cuenta una historia sobre la sociedad que lo produce, y en la cancha se reflejan sueños, conflictos y aspiraciones colectivas. Su afirmación de que ese deporte es la única religión que no tiene ateos sigue vigente, en tanto que describe un fenómeno capaz de trascender fronteras, idiomas e ideologías.Ninguna otra actividad parece que logra condensar en tan poco tiempo tantas sensaciones compartidas. El futbol se vuelve así una narrativa popular en la que cada generación encuentra sus propios héroes, sus derrotas y sus triunfos.Lo anterior cobra mayor sentido ahora que el Mundial de Futbol 2026 se lleva a cabo en México, Estados Unidos y Canadá. Sin embargo, en nuestro país la pasión se siente con una intensidad singular. Aquí no es solamente entretenimiento, sino parte de la vida cotidiana, de la memoria familiar y de la cultura popular.Las raíces de esa pasión son bastante profundas. Mucho antes de que existieran los estadios modernos, los pueblos originarios ya practicaban el juego de pelota. En las ciudades mayas, zapotecas, teotihuacanas y mexicas, este ritual representaba el movimiento de los astros y el equilibrio del universo.Más que una simple competencia, era una ceremonia vinculada a la vida comunitaria, a la espiritualidad y a la identidad colectiva. Quizá por eso el balón sigue despertando algo tan poderoso en nuestra memoria cultural.Si bien cambiaron las reglas, cambiaron los escenarios y cambiaron sus protagonistas, permanece la emoción compartida alrededor de una esfera que simboliza mucho más que un juego.México había sido ya dos veces anfitrión de la máxima fiesta del futbol. En 1970, el mundo entero quedó maravillado cuando Pelé levantó la Copa del Mundo en el entonces Estadio Azteca, y las imágenes dieron la vuelta al planeta.Dieciséis años después, se volvió a asumir el desafío. Justo cuando el terremoto de 1985 había dejado heridas profundas, el pueblo mexicano respondió con una gran demostración de solidaridad y fortaleza, y el Mundial de 1986 terminó convirtiéndose en una muestra de resiliencia colectiva.Ahora, en 2026, México se coloca nuevamente en la mirada del mundo, pero en un contexto diferente. La nación pasa por un proceso de transformación profunda que busca ampliar los derechos y reducir las desigualdades.Durante el periodo neoliberal, el acceso a la cultura, al deporte y al esparcimiento fue visto como un privilegio. Hoy, en el contexto de la Cuarta Transformación, hay una visión distinta que entiende estas actividades como parte esencial del bienestar social.La presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en que la prosperidad no puede medirse únicamente a través de indicadores económicos. Una sociedad más justa también debe garantizar espacios para la convivencia, la recreación y la construcción de comunidad. Bajo esa lógica, se busca la democratización de la diversión.El Mundial 2026 representa una oportunidad extraordinaria para materializar esa visión, porque no solo se trata de recibir visitantes o proyectar una buena imagen internacional, sino también de acercar la experiencia deportiva a más personas.Democratizar la diversión significa que la pasión por el futbol pueda sentirse también en plazas públicas, centros comunitarios y espacios culturales; que el entusiasmo colectivo no quede limitado a quienes pueden adquirir un boleto.Porque, a final de cuentas, el futbol también es un espejo de nuestras contradicciones; puede unir barrios enteros y, al mismo tiempo, evidenciar las brechas sociales; puede generar identidad colectiva y recordarnos los pendientes en materia de inclusión.Por ello este Mundial es mucho más que un evento deportivo; es una prueba de que el futbol conserva la virtud de permitir que pueblos distintos compartan una emoción común. Durante casi cuarenta días, mujeres y hombres de todos los rincones del mundo verán en una misma dirección, celebrarán los goles y compartirán ilusiones.México tiene mucho por aportar en este encuentro: historia, cultura y hospitalidad, que constituyen una poderosa carta de presentación. Pero quizá nuestro mayor aporte sea, precisamente, esa pasión heredada de siglos, esa capacidad de convertir el juego en celebración colectiva y de encontrar en el balón un punto de confluencia.Esa es la verdadera pasión nacional, la que convierte un balón en puente y una fiesta deportiva en un abrazo entre naciones. Y desde aquí estaremos enviando el mensaje al mundo de que la competencia no impide la fraternidad, que la rivalidad no cancela el respeto y que el deporte sigue siendo uno de los pocos territorios en que la humanidad puede reconocerse como una sola.Coordinador de los diputados de Morenaricardomonreala@yahoo.com.mxX: @RicardoMonrealAÚnete a nuestro canal