Hay bálsamos que alivian un dolor. Y hay otros que apenas lo adormecen. La euforia que despertó la Selección Mexicana fue, sin duda, un respiro para un país agotado por la violencia, la polarización y la incertidumbre. También fue, paradójicamente, un regalo para el poder. Durante unos días dejamos de hablar de los problemas que nos persiguen para volver a abrazarnos detrás de una misma camiseta. El hechizo funcionó.Pero ese paréntesis dejó una lección mucho más importante que cualquier resultado deportivo. Por unas horas reapareció un México que parecía olvidado. Un país donde no existían chairos contra fifís; pueblo contra aspiracionistas; conservadores contra liberales; patriotas contra traidores. Un México donde nadie necesitó acusar al otro de servir a intereses extranjeros para demostrar cuánto quería a su país. Bastó un balón para recordar que, antes que cualquier etiqueta política, seguimos siendo una misma nación.Y ahí reside la paradoja. Ese nacionalismo espontáneo, alegre y compartido es exactamente lo contrario del nacionalismo barato que el poder suele invocar cuando la realidad se vuelve incómoda. Conforme se acerquen los próximos procesos electorales volveremos a escuchar llamados a defender la patria, advertencias sobre conspiraciones extranjeras y discursos donde cualquier crítica será presentada como un ataque contra México. La bandera volverá a aparecer. Pero esta vez no para unir, sino para dividir; no para celebrar lo que somos, sino para ocultar aquello que no quieren explicar.Porque es mucho más sencillo hablar de soberanía que responder por los crecientes señalamientos de narcopolítica que hoy alcanzan a figuras del oficialismo. Es más cómodo denunciar injerencias extranjeras que explicar fortunas inexplicables, desvíos de recursos, redes de corrupción o la impunidad que sigue protegiendo a demasiados poderosos. Conforme se acerquen los próximos comicios, veremos cómo la defensa de la patria intentará sustituir la rendición de cuentas. El nacionalismo se convertirá, una vez más, en una cortina de humo: mientras todos miran la bandera, pocos preguntarán qué ocurre detrás de ella.Quizá la mayor enseñanza de estos días sea otra. Durante décadas repetimos resignados aquello de “jugamos como nunca, perdimos como siempre”, como si el fracaso fuera parte inevitable de nuestra identidad. Esta vez la derrota dolió, sí, pero dejó algo distinto: orgullo. Orgullo por competir, por no conformarse, por demostrar que el destino no está escrito. De pronto, el viejo “¿y si sí?” dejó de ser una ilusión ingenua para convertirse en una posibilidad real. ¿Y si esa misma actitud la lleváramos a la vida pública? ¿Y si dejáramos de normalizar la impunidad? ¿Y si ahora sí exigiéramos justicia? ¿Y si el fuero dejara de ser la coartada de los corruptos? ¿Y si dejáramos de aceptar que el crimen, el despilfarro y la mediocridad son simplemente “cosas de México”?Porque el verdadero patriotismo no consiste en repetir consignas ni en cerrar filas alrededor del gobierno de turno. Mucho menos en defender a políticos señalados por corrupción o por presuntos vínculos con el crimen organizado sólo porque pertenecen al partido en el poder. Consiste en creer que este país merece mucho más que una clase política acostumbrada a administrar resignaciones. Si la Selección nos recordó algo, es que los mexicanos no estamos condenados a conformarnos con el “así somos”. Ojalá, cuando vuelva el ruido de la propaganda y otra vez intenten vendernos nacionalismo en lugar de resultados, recordemos aquella alegría genuina. No para refugiarnos en ella, sino para exigir que un país capaz de unirse por noventa minutos también sea capaz de construir un futuro compartido durante los próximos noventa años.Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.
El bálsamo y la bandera, escribe Lucy Bravo
Hay bálsamos que alivian un dolor. Y hay otros que apenas lo adormecen. La euforia que despertó la Selección Mexicana fue, sin duda, un respiro para un país agotado por la violencia, la polarización y la incertidumbre. También fue, paradójicamente, un regalo para el poder. Durante unos días dejamos de hablar de los problemas que nos persiguen para volver a abrazarnos detrás de una misma camiseta. El hechizo funcionó.Pero ese paréntesis dejó una lección mucho más importante que cualquier resultado deportivo. Por unas horas reapareció un México que parecía olvidado. Un país donde no existían chairos contra fifís; pueblo contra aspiracionistas; conservadores contra liberales; patriotas contra traidores. Un México donde nadie necesitó acusar al otro de servir a intereses extranjeros para demostrar cuánto quería a su país. Bastó un balón para recordar que, antes que cualquier etiqueta política, seguimos siendo una misma nación.Y ahí reside la paradoja. Ese nacionalismo espontáneo, alegre y compartido es exactamente lo contrario del nacionalismo barato que el poder suele invocar cuando la realidad se vuelve incómoda. Conforme se acerquen los próximos procesos electorales volveremos a escuchar llamados a defender la patria, advertencias sobre conspiraciones extranjeras y discursos donde cualquier crítica será presentada como un ataque contra México. La bandera volverá a aparecer. Pero esta vez no para unir, sino para dividir; no para celebrar lo que somos, sino para ocultar aquello que no quieren explicar.Porque es mucho más sencillo hablar de soberanía que responder por los crecientes señalamientos de narcopolítica que hoy alcanzan a figuras del oficialismo. Es más cómodo denunciar injerencias extranjeras que explicar fortunas inexplicables, desvíos de recursos, redes de corrupción o la impunidad que sigue protegiendo a demasiados poderosos. Conforme se acerquen los próximos comicios, veremos cómo la defensa de la patria intentará sustituir la rendición de cuentas. El nacionalismo se convertirá, una vez más, en una cortina de humo: mientras todos miran la bandera, pocos preguntarán qué ocurre detrás de ella.Quizá la mayor enseñanza de estos días sea otra. Durante décadas repetimos resignados aquello de “jugamos como nunca, perdimos como siempre”, como si el fracaso fuera parte inevitable de nuestra identidad. Esta vez la derrota dolió, sí, pero dejó algo distinto: orgullo. Orgullo por competir, por no conformarse, por demostrar que el destino no está escrito. De pronto, el viejo “¿y si sí?” dejó de ser una ilusión ingenua para convertirse en una posibilidad real. ¿Y si esa misma actitud la lleváramos a la vida pública? ¿Y si dejáramos de normalizar la impunidad? ¿Y si ahora sí exigiéramos justicia? ¿Y si el fuero dejara de ser la coartada de los corruptos? ¿Y si dejáramos de aceptar que el crimen, el despilfarro y la mediocridad son simplemente “cosas de México”?Porque el verdadero patriotismo no consiste en repetir consignas ni en cerrar filas alrededor del gobierno de turno. Mucho menos en defender a políticos señalados por corrupción o por presuntos vínculos con el crimen organizado sólo porque pertenecen al partido en el poder. Consiste en creer que este país merece mucho más que una clase política acostumbrada a administrar resignaciones. Si la Selección nos recordó algo, es que los mexicanos no estamos condenados a conformarnos con el “así somos”. Ojalá, cuando vuelva el ruido de la propaganda y otra vez intenten vendernos nacionalismo en lugar de resultados, recordemos aquella alegría genuina. No para refugiarnos en ella, sino para exigir que un país capaz de unirse por noventa minutos también sea capaz de construir un futuro compartido durante los próximos noventa años.Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.






