No hay nada de malo en celebrar un gol de México. Al contrario. En un país profundamente dividido, pocas cosas logran unirnos como la Selección Nacional. Durante noventa minutos desaparecen las diferencias políticas, sociales e ideológicas. Todos abrazamos la misma bandera y soñamos con la misma victoria. El futbol nos recuerda el país que queremos ser. Pero también existe otro México. Uno que no puede esconderse detrás de la euforia de un Mundial. Mientras millones celebraban en las calles, madres buscadoras intentaban que el mundo conociera la tragedia que viven más de 130 mil familias que siguen preguntando dónde están sus hijas e hijos. Ellas nunca debieron convertirse en investigadoras, peritas o rescatistas. Buscar a las personas desaparecidas es una obligación del Estado, no de las madres. Por eso, antes que cuestionarlas, el gobierno tendría que pedirles perdón. Perdón porque han tenido que recorrer cerros, desiertos y fosas clandestinas con sus propias manos. Perdón porque, en lugar de recibirlas y escucharlas, fueron revictimizadas cuando se anunció una investigación para saber quién financió su traslado a la Ciudad de México. La pregunta nunca debió ser quién pagó un autobús; la única pregunta que importa sigue siendo: ¿dónde están? La tragedia continúa escribiéndose todos los días. Apenas hace unos días, seis adolescentes desaparecieron en Jalisco después de asistir a sus ceremonias de graduación. Algunos tenían apenas 14 años. La principal línea de investigación apunta a un posible reclutamiento por parte del crimen organizado. Ningún joven debería desaparecer cuando apenas comienza a construir su futuro. Deberían estar estudiando, trabajando, enamorándose, practicando deporte o celebrando con sus amigos, no convirtiéndose en una ficha de búsqueda. Como tampoco debería ser una sentencia de muerte ejercer el periodismo. La periodista Roxana Guzmán fue privada de la libertad por un grupo armado que irrumpió en su domicilio. El país observó, prácticamente en tiempo real, cómo la violencia secuestraba también la libertad de informar. Mientras desde el poder se minimizaba el caso, días después fueron identificados científicamente sus restos: había sido torturada y calcinada. Ocho personas fueron detenidas, entre ellas policías municipales presuntamente vinculados con el crimen. México sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo, una realidad que lastima a toda democracia. Ni siquiera la alegría colectiva estuvo libre del dolor. La celebración por el triunfo de México terminó con cuatro jóvenes muertos en las inmediaciones del Ángel de la Independencia. Salieron a festejar una victoria deportiva y nunca regresaron a casa. También ahí falló la prevención. Ninguna familia debería despedir a un hijo que únicamente salió a celebrar un gol. Podemos amar el futbol y emocionarnos con la Selección. Una cosa no cancela la otra. Lo que no podemos permitir es que la fiesta nos haga olvidar la realidad. Porque el verdadero triunfo de México no llegará sólo si algún día logramos levantar una copa. Llegará cuando ninguna madre tenga que buscar a su hijo, cuando ningún joven desaparezca por culpa del crimen organizado, cuando ningún periodista sea asesinado por informar y cuando salir a celebrar un triunfo deportivo nunca vuelva a costar una vida. Ese será el día en que, por fin, todos y todas podamos disfrutar del futbol con la tranquilidad de vivir en un país donde la justicia también gane. Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.