No me considero un gran aficionado al fútbol. Solo le presto atención a esos partidos considerados trascendentales, los de máxima rivalidad, la Champions y, sobre todo, a los mundiales en los que juega España. Lo cierto es que aunque no viendo mucho fútbol cuando sigo algún partido importante me fanatizo hasta sorprenderme a mí mismo. Grito, brinco en la butaca, disfruto o sufro, e incluso empleo expresiones soeces si algo me indigna. A veces no me reconozco y siendo consciente de ello reprimo tan exagerado proceder si hay gente delante con la que no tengo confianza.Hablar estos días de fútbol es inevitable, la gente vibra con la selección española y los comentarios sobre su trayectoria en los mundiales son casi obligados. Entiendas o no, todos llevamos un entrenador dentro capaz de pontificar sobre estrategias de juego, alineaciones y hacer pronósticos sobre los resultados. Sobre esto último he de confesar humildemente que mis augurios al comienzo del mundial no pudieron ser más nefastos. Cuando vi a los nuestros atascados empatando con Cabo Verde los de la Roja se me antojaron unos piernas que, a duras penas, pasarían de la fase de grupos. En cambio el de Francia me pareció un conjunto de gigantes llamado a convertirse por tercera vez en su historia campeones del mundo. Viendo el partido del pasado martes no me quedó otra que fustigar mi pretenciosidad por tan desacertado pronóstico. Desde el minuto uno nuestros "piernas" se zamparon a la escuadra gala ofreciendo un recital de estrategia, coordinación y empeño que, a juicio de la prensa internacional, les convirtió en favoritos para alzar el domingo la copa de campeones.No estoy en condiciones de hacer vaticinio alguno sobre la final en Nueva York frente a Argentina, pero sí de poner en valor el efecto balsámico de ver a todo un país disfrutando juntos de lo que hace nuestra selección. Juntos, digo, bajo una misma bandera, esa bandera que la izquierda nunca debió permitir que fuera patrimonializada por la derecha ni la derecha que lo hiciera como si los de izquierdas no fueran españoles. Si, como dicen, "el fútbol es lo más importante de lo que no es importante", se me antoja que podríamos sacar algunas conclusiones bien interesantes de cuanto acontece en esta España supuestamente cainita cuando algo ajeno a la polarización política nos devuelve el orgullo de pertenencia a ella. Una muy destacada es la variedad territorial y cromática de piel de quienes componen la selección con toda la carga simbólica que ello representa. Ellos integran una espléndida muestra de la realidad de un país que nunca le hizo asco alguno a los mestizajes. Negros, blancos o tostados son tan españoles como los que se creen descendientes de la pata del Cid. Si le diera una mejor pensada así lo entendería incluso hasta Mariano Rajoy al que no le parecían franceses los morenos de la selección gala. Conociendo al personaje seguro que no lo dijo con mala intención ni para ofender a nadie pero, probablemente sin él pretenderlo, aquello desprendió cierto tufillo racista.Otra lección interesante que nos deja el conjunto de Luis de la Fuente es la fortaleza que le proporciona el trabajo en equipo. Quienes de verdad saben de fútbol coinciden en destacar la buena sintonía entre los jugadores, muy mentalizados en sacar el máximo rendimiento al conjunto por encima de los egos y las individualidades. Ojalá se pudiera trasladar esa fórmula de la España del fútbol a la España de las cosas importantes. La que nos indica que unidos, siquiera en lo fundamental, seríamos imbatibles. Y en eso el mundial ya lo hemos ganado.