Disfruté como un niño el martes 14 de julio por la noche viendo ganar con tanta solvencia a la selección española de fútbol en la semifinal del Mundial 2026. Y ni más ni menos que a la temida Francia de Mbappé, Olise y Dembélé. “La orquesta se impuso a los solistas”, ha escrito José Precedo, al que estamos descubriendo este verano como un excelente cronista deportivo. Tiene más razón que un santo: en el césped de Dallas triunfó el fútbol coral de La Roja, el trabajo solidario y armónico de un auténtico equipo que se enfrentaba a una casi invencible acumulación de estrellas.

Tengo a La Roja como una metáfora de la España que me gusta: el país plural, desacomplejado y alegre, ganador a fuer de listo y currante. El reverso del país uniformemente rancio, asustado e iracundo del conservadurismo carpetovetónico, esas derechas políticas, mediáticas y judiciales que encarnan el avinagrado Feijóo, el vociferante Vito Quiles y el inquisitorial juez Peinado.