Valladolid y Santander son dos plazas que demuestran que el fútbol es un territorio emocional con fronteras que se extienden desde la miseria hasta la grandeza
El fútbol es una emoción comunitaria. En cualquier partido hay una comunión de miles que abrazan la pasión por un equipo. Gente de distintas razas, procedencia social e ideología, olvida sus diferencias y es amigada por una corriente de complicidad nacida de un sufrimiento compartido. No es tan raro que dos desconocidos se fundan en un abrazo por algo tan normal y feliz como un gol. Aman a un mismo equipo, y no hacen falta más explicaciones....
¿Por qué ese milagro de comunicación empieza y termina en el estadio? Se trata de un capital social imposible de encontrar en otro ámbito. Los clubes manejan mil fórmulas para convertir a sus aficionados en clientes, pero son pocos los que buscan una relación verdaderamente humana, capaz de fortalecer el vínculo más allá del éxito deportivo. Seguramente no lo hacen porque no lo ven necesario: el amor del hincha es desinteresado y a prueba de balas. El Valladolid, donde estuve esta semana debatiendo estas cosas, tenía 20.000 socios en Primera División y este año, en Segunda, tiene 22.000. La identidad se fortalece y muestra todo su valor precisamente en las frustraciones. Yo admiré al Atlético de Madrid de aquellos años en el infierno, cuando su lealtad se fortaleció en el descenso.






