El domingo por la noche me puse una bufanda con los colores de la bandera española (rojigualda), mis hijas se pintaron la cara en los mismos tonos, vimos el partido en casa de mi madre, sufrimos durante dos horas, nos indignamos con la marrullería argentina, gritamos “uy” varias veces, temimos que llegasen los penaltis, cantamos con locura el gol de Ferran, le pedimos la hora al árbitro, y celebramos el pitido final gritando por la ventana.
Y ya está, no hay más que decir. Soy español, voy con mi selección, y deseo la victoria en el Mundial como deseo las de mis compatriotas en otras competiciones, no solo deportivas, también en Oscars y Premios Nobel. En el caso del Mundial, además, sin ser yo futbolero -y teniendo muchos reparos al gran negocio del fútbol- me alegra la felicidad de quienes sí lo viven con pasión, se me contagia y me uno con gusto a un estado de ánimo colectivo que, como país, nos endulza por unos días otros sinsabores.













