Qué hacemos con la bandera de España. Nótese que no es una pregunta, a estas alturas es más bien un suspiro desencantado. Cada celebración deportiva de las selecciones nacionales, especialmente la de fútbol, envuelve el espacio público de tela rojigualda; algo que solo ocurre con tal pasión con algunos conflictos políticos. En el caso del Mundial de este año, los partidos más importantes han coincidido con el aval europeo a la Ley de Amnistía, un capricho de la actualidad que ha emparentado los vítores a los deportistas con aquel "¡a por ellos, oé!" contra los catalanes que aún resuena en algunos rincones.PublicidadLas grandes gestas en nombre de España generan sentimientos incómodos en una parte considerable de sus ciudadanos, indecisos ante la idea de sentirse apelados por unos colores que, el resto del tiempo, se ondean sobre todo para atacar. Los emblemas usados tantas veces a la contra producen escalofríos a quienes dejan al otro lado, incluso si se ondean para celebrar algo positivo. Cuando algunos deciden empuñar la bandera como si fuera un arma, es muy difícil que vuelva a ser solo una bandera.El nacionalismo español ha sido tan cebado por la derecha y la ultraderecha –si es que a estas alturas cabe desdoblarlas– que a muchos de nosotros nos repele identificarnos con unos símbolos con los que nuestro mayor contacto es que nos los arrojen a la cara. Somos infinidad los ciudadanos de este país que, por nuestra identidad, por nuestro aspecto o por nuestra procedencia, sabemos que, si nos cruzamos con una muchedumbre infestada de banderas de España, lo mejor que podemos hacer es salir corriendo. Haber nacido entre sus fronteras no supone ninguna protección contra esa furia española que no solo está presente en canchas y estadios. El mejor ejemplo es la campaña anticatalana que tantos partidos y medios han estado azuzando durante décadas, y cuyo último episodio se está desarrollando con el devenir de la Ley de Amnistía. Una fobia que ha generado la perversa contradicción de pretender erradicar un sentimiento nacionalista alimentando otro: cuántos compatriotas se han vuelto muy españoles y mucho españoles a través del odio sus conciudadanos.Pero claro, el nacionalismo español es un ruido de fondo que mucha gente no es capaz de distinguir, porque como mucho lo llaman patriotismo. El problema es que estos patriotas suelen defender un territorio que no existe, porque solo está en sus cabezas. Amar a tu país debería empezar por conocerlo y seguir por celebrarlo en su diversidad, pero estos activistas de su patria se conforman con una idea tremendamente reduccionista de lo que es España, para a continuación pretender forzarla en el resto de sus paisanos. No es suficiente con ser español, hay que ser españoool, españoool, españoool, y gritárselo a alguien en las narices.PublicidadPero la homogenización y barrido de las distintas realidades que también pertenecen a nuestro país (al menos tanto como cualquier otro aspecto de esa entelequia histórica que es cualquier Estado-nación) no solo se impone con gritos, golpes de pecho y pintura rojigualda en las mejillas; hay métodos más sutiles que pasan desapercibidos. Un ejemplo personal, además de futbolístico: recuerdo la sorpresa cuando, en mis años de universidad, escuché por primera vez hablar en euskera. La afición del Athletic de Bilbao se encontraba en la ciudad donde estudié por un partido importante y, al coincidir con algunos aficionados vascos, tuve por primer vez constancia de cómo sonaba su antiquísima lengua.Crecí en una España donde había un programa diario en La 2 para aprender inglés, pero en la que era imposible escuchar galego, euskera o català en la mayor parte de su territorio. Ni que decir tiene que ya era mayorcito cuando me enteré de la existencia del bable o del extremeñu. Nuestro país no ha hecho ningún esfuerzo para que conozcamos, valoremos y podamos compartir partes sustanciales de los territorios que la historia ha hermanado dentro de las mismas fronteras. En muchos sentidos, lo español –o lo lo lo español– no ha consistido en la suma de estas partes, sino en el desprecio de la mayoría de las mismas.Por eso, aunque nos podamos alegrar con las victorias de la selección de fútbol –en mi caso, porque sé lo feliz que hacen a mi padre–, tantos españoles y españolas somos conscientes de que, pasada la resaca de la celebración, las enseñas nacionales volverán a su uso cotidiano: el de blandirse en contra de la existencia de buena parte de quienes vivimos en este país. Mientras no cambien estos símbolos, como resultado de una evolución de lo que se defiende con ellos, será complicado que muchos de nosotros sepamos qué hacer con la bandera de España. Más allá de protegernos de ella.